El descrédito humano, el suicidio, Sánchez Piñol.
A veces siento que uno escribe por pura obstinación, o porque no se atreve a reconocer su fracaso, la decisión equivocada que tomó hace ya más de treinta y cinco años. Y sólo de pensar que aquella decisión fue un error, es como para tirar la toalla. Y callar. El suicidio público es también una manera escandalosa y poco discreta de callar. Este nada tiene que ver con la “muerte propia”, así la llamaba Rilke, que está relacionada con el buen morir que es la eutanasia, ese “memento mori” tan pagano como medieval en el que ante la enfermedad terminal uno decide que ya basta, que no queremos seguir sufriendo, que no queremos hacer sufrir a los que nos rodean. Visto así es casi un acto de generosidad. Una generosidad que llama a la circunspección, a la templanza. El otro suicidio no debería permitírselo un ser libre, y educado en la idea de que avanzar en la civilización equivale a contrarrestar el dolor humano, propio y ajeno. Y esto supone en verdad un formidable ejercicio de contenc...