Escribir es desaparecer como el ánfora rota
Un escritor, forzado a un extremo, esto es, asumida su condición liminar, debe mostrar lo que es prisionero en una celda, con un lápiz y unas cuartillas. Por lo menos debe mostrárselo a sí mismo. Porque hay algunos necesitados de tal cúmulo de circunstancias, una hora especial, el color del papel o de la tinta, una ciudad, un escenario, una luz azul en una esquina estratégica, un rock duro o un blues a un volumen preciso, el estar ligero de estómago o el haber bebido un coñac, y así un largo etcétera, y al final, lo que es más grave, un algo que decir que nunca llega, porque no se ha cumplido una última circunstancia o porque, cuando al fin se han cumplido todas, resulta que ha pasado la hora de escribir o que ha llegado un oportuno visitante que escuchará nuestra cuita, o un dolor de cabeza que nos exime de seguir trabajando. Luego, damos otro tipo de individuos que les gusta decirse escritores como el que dice: “me encanta la jardinería”. Y son los que nos cuentan que todavía esp...