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Mostrando entradas de 2011

Un sólo libro en el corazón de un hombre. Lampedusa. Svevo.

Pasa el tiempo. Ahora sí lo sabemos. Ya no tocamos de oídas. La más dulce tarea de la vida, la leer de nuevas y releer de viejas se desdobla de manera bifronte, mitad y mitad, sobre el tiempo que nos queda libre, ese que nos queda de cuando no estamos luchando por ganarnos el pan. Me consuelo pensando en Joyce dando clases de inglés a Italo Svevo en Trieste, contratado por la Academia Berlitz. La relectura de El Gatopardo produce  sorpresas que uno no había sabido apreciar hace treinta años. Son meandros distintos, pues con toda probabilidad cada edad nos hace mirar el tiempo que nos traspasa con anteojeras distintas. En primer lugar, destaca su modernidad y al tiempo su lejanía de toda corriente pues la situación temporal de la novela, que cuenta desde el 1952-54 sucesos de hace casi 80 o 90 años, es una ida y vuelta de pequeños detalles e incidencias que la alejan por completo de la novela histórica al uso. Este mecanismo de nostalgia y de evocación de lo pasado se pone en marcha...

El sentido del peligro. Borges. Paz.

Que el sentido del peligro determina y que se justifica en sí mismo es algo obvio, poderoso, inmediato, aprehensible y en apariencia injustificable. Y por ello a los soldados, a los conquistadores, a los mercaderes y a los mártires y profetas de cualquier época, religión o patria, no les ha importado caer en la lucha. Y tal vez, sospecho, la misma sospecha que atenazaba a Borges, que no sólo sea cuestión de voluntad sino deseo de rozar un único e íntimo misterio que en ocasiones la realidad nos muestra de soslayo y que los espíritus sedentarios, por oposición a estos, no podemos comprender.  Esos otros, los primeros, aspiran por la vía rápida y tumbativa a dejar sus nombres y sus vibrantes desvaríos en las páginas de la historia, para bien o para mal, tantas veces. Ahora bien, que este sentido del peligro engrandezca y haga más humana, más libre, nuestra condición, es algo que me permito dudar. Aunque incluso en la intención del actor heroico se encuentre este enunciado, este patho...

My Brother´s Keeper. James Joyce.

Ahora que estamos con la idea de la vocación literaria, releo y reviso al azar el libro que Stanislaus Joyce dedicó a su hermano James, y cuya traducción al castellano tuve la suerte de promocionar en mi época de corresponsal o representante de la Editorial Adriana Hidalgo en España. El título para la versión española fue mal elegido. "My Brother´s Keeper", El guardián de mi hermano , tiene una contundencia que no tiene "Mi hermano James Joyce", que supongo que buscaba ser más evidente, o más comercial, a costa de ser menos literario. Sea como fuere, el libro está escrito sin pretensiones de gran literatura y eso le brinda valor a esa Quest for Joyce. Y nos ofrece un escritor sin todas esas muletilllas que consiguen hacer su textos más oscuros y que sólo sirven para alimentar el ego crónico y maniático de los críticos académicos. Por una parte, asistimos al nacimiento del escritor a la vida propia, y al tiempo al derrumbe de la vida familiar, la del origen. Y aunq...

Contracorriente. Gil-Albert. Castaneda.

Alguna palabra más acerca del tema de la vocación, o de la posibilidad de elección propia. Y ojo que no deseo parecer en esto un iluminado o fundamentalista de una intuición que siempre es interpretable, como el oráculo aquel de Delfos que siempre hablaba en clave, con ambigüedad. O tal vez sea un mito personal. O parte de un tipo de formación que ya no se da. Me resisto a creerlo. Y la crisis que vivimos es también una oportunidad para echar el freno, para decrecer, para ralentizar y para centrarnos en otras agendas que no tienen que ver con la espiral de gasto, consumo y depredación de los recursos naturales. Por lo demás, si ya ni el éxito garantizan cuando entregan la cadena, que nos dejen al menos ser libres.  En todo caso, la llama de la libertad vacila siempre, pues sopla sobre ella la eterna duda.Por eso mismo, al final de la idea de providencia o destino, personal o colectivo, anida el infierno de la Solución Final, con Juicio o sin él, lo invoque Hitler o Savonarola. Esa ...

La barbarie del especialismo. García Morente. Kant.

La barbarie del especialismo, llamaba el filósofo español Manuel García Morente (1886-1942), a ese fenómeno que había conducido a una formidable acumulación de conocimiento científico de mil y una disciplinas, aumentando el saber total de la humanidad, y en igual proporción acreciendo la ignorancia particular de cada hombre. Lo decía en su Discurso Inaugural dirigido a la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, pronunciado en Madrid en 1931. Ese discurso lleva por título La vocación de nuestro tiempo para la filosofia , y en él se felicita por la importancia que la filosofía está adquiriendo en España, gracias a los nuevos acólitos que se incorporaban entonces a este gaysaber, como tal vez diría Nietzsche. García Morente me trae muy buenos recuerdos pues suyas son las estupendas y clarísimas traducciones de Manuel Kant que yo leí y estudié, y en particular recuerdo la que hizo de la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres , que también pude leer en inglés,...

La vejez y la muerte, Koestler, Levi, Zweig.

Las muertes de los escritores Arthur Koestler, Primo Levi y Stephan Zweig están sin duda íntimamente concatenadas en una extraña serie que tal vez fue relevante en el suceso de esas propias muertes, tanto como la vida que les tocó en suerte. Es una manera de decirlo. La vejez como antesala de la muerte de uno mismo es sin duda y siempre un fin de raza. Para quien muere, la muerte misma es el fin del mundo. Y desde luego el muerto no puede tener consciencia de que el mundo sigue sin él. Para él, la muerte es un tsunami que se lo lleva todo. Sin embargo, en esa antesala o sala de espera donde se aguarda lo inevitable, el consuelo de quien espera ya sólo que le den el paseíllo consiste en creer, con vanidad o sin ella, que será recordado por sus amigos y deudos. Su esperanza consiste precisamente en que la vida ha de seguir, tal y como él la ha dejado. En el caso del escritor, deposita su vida de ultratumba y su memoria en las manos de sus lectores, en el caso de que los tenga. Seré recor...

El gallo de Asclepio y la metáfora. Nietzsche.

Es cierto que, según nos dice Federico Nietzsche, "para el poeta auténtico la metáfora no es una figura retórica, sino una imagen sucedánea que realmente flota ante él, en lugar de un concepto". Parafraseando a Ortega, diríamos que en la metáfora, se está: la metáfora no se dice, se padece. En todo caso, este flotar no puede confundirse con toda la realidad, sino sólo con parte, con aquella parte que Jorge Santayana confiaba a la potencia nutricia de la imaginación. De ahí la exageración niestzscheana, la difuminación de los espacios de conocimiento y de relaciones de convivencia que llevará al alemán a, en sus palabras de nuevo, "ver la ciencia con la óptica del artista pues ahora será el arte y no la moral la actividad metafísica del hombre". Para este, "sólo como fenómeno estético está justificada la existencia del mundo: ahí reside el fondo de esa exageración que a tantos ha confundido y llevado a extremos intolerables de relación con uno mismo y con los de...

Las aguas leteas (II). Platón, Píndaro, Cernuda, Borges.

¿Escribimos porque pensamos que la literatura es un antídoto de eternidad contra el olvido? Es el sueño humano, demasiado humano de Nietzsche. Escribimos para conjurar esa maldición, para que esa piedra sepultada entre ortigas de la que nos habla Cernuda siga siendo memoria, para que el sueño de una sombra que evoca Píndaro dibuje su silueta sobre el lienzo de esa muralla larga que vamos recorriendo, que es la vida, sin cesar, hasta que un día nos quedamos sobre ella dibujados, convertidos en jeroglifo, ( hieros-glifos ) escritura sagrada o palabra divina hecha por nosotros para ver pasar a los demás. El olvido, o el infierno, sería así como un largo pasillo entre murallas pobladas de ojos petrificados, uno de esos laberintos amargos que construyó Bruce Nauman.  El cielo, en cambio, sería ese mismo laberinto de pasillos, pero adentro de la muralla, allí donde nos espera la inmensa biblioteca imaginada por Jorge Luis Borges, allí donde los dioses están dibujados por nosotros ...

Las aguas leteas (I). Gil de Biedma.

Poeta y joven: todo casa; o casaba. Tal vez por eso los poetas nos buscamos. Y lo hacemos incluso a partir de un cierto momento, cuando ya comprendemos “que la vida iba en serio” y que el argumento desagradable de la obra se ha cumplido contra uno mismo, por acordarnos de esos adelantados Poemas Póstumos de Jaime Gil de Biedma. Y tal vez para no perderse del todo escuchando la voz propia, con sus acentos, desde el aislamiento más íntimo, nos obligamos de vez en cuando a acudir al encuentro con poetas mayores, para confirmar en ellos nuestra propia locura, esa que le hacía preguntarse al poeta, al final de su vida: ¿por qué escribí? El ejercicio de la poesía, al cabo, no es profesión, excepto para algunos expertos en premios y asiduos visitantes de bodeguillas y covachuelas administrativas del Estado donde se reparten influencias, prebendas y sinecuras. Para el resto de los mortales, la poesía es un misterio, y resulta por ello completamente natural que los poetas busquen de vez en cua...

La desesperante esperanza. Bergamín. Homero.

Los sueños, las utopías y el pensamiento de la esperanza no parecen estar de moda en estos tiempos. No hemos hechos tan acomodaticios al principio de realidad que este ejercicio de realismo extremo nos ha convertido en marmotas, en habitantes de sofás. Si nada puede hacerse, lo mejor que podemos hacer es escoger una buena butaca del salón y desde allí sentarnos a contemplar cómo pasa el mundo..., a través de la pantalla de plasma del ordenador. Plasmados nos vamos a quedar, como hojas de papel en blanco, mientras la gente en las calles de Argel, Tánger o El Cairo reclaman un techo libre bajo el sol, o un metro cuadrado de sabre de aquella famosa Arabia feliz. En los años treinta y cuarenta del siglo XX, sin embargo, la virtud de la esperanza fue casi el único resorte moral que quedó disponible para quienes aún se atrevieron a rebelarse contra la barbarie. Con la esperanza, liberada entre nosotros por primera vez de su carga redentorista cristiana, teleológica, se im...

Las seguridades aparentes. Sebald, Coetzee.

W. G. Sebald y J. M. Coetzee son dos encuentros con la literatura que amo, con esa literatura transformadora del mundo y de uno mismo al tiempo, allí donde la lectura puede ser un escollo para seguir viviendo igual que antes, o una tabla de salvación. Sebald: alemán no alemán transportado a Inglaterra. Coetzee, bóer sudafricano transformado en errante superviviente de un mundo prendido de la culpa; la culpa de un colonialismo y de un pasado que cada uno lleva como puede. Vértigo , del alemán y Esperando a los bárbaros , del bóer, son libros hermanos, libros que nos obligan a plantearnos la linde de este mundo de seguridades aparentes y comodidades occidentales que, en cualquier momento, comienzan a desdibujarse, a decirnos muy poco. Mi compañero de algunas rutas y admirado Fernando Savater seguro que diría, « ya, déjame a mí con esas seguridades aparentes y esas comodidades, que es justo lo que otros desean..., y anhelan » . En todo caso, son estos dos libros incómodos, inquietante...

Una "clase" de honestidad. Semprún, Malraux, Levi.

Jorge Semprún es el reflejo en el espejo de André Malraux para España, tanto en lo literario como en lo político, y en ese modelo de escritor mitad aventurero mitad conspirador al estilo de ese Eugenio de Avinareta que nos retratase el pariente de este, Pío Baroja. Hubo muchos que le van a la zaga a estos revolucionarios y y agitadores que produjo el siglo XX por millares, sobre todo en su primera parte, la heróica, la trascendentalista. Y por ambos profeso rendida admiración. Con todo, hay algo en el contar de Semprún que no termina de cerrar del todo: tiene que ver con la posición, con el lugar desde donde uno escribe. Puede que en todo caso haya un exceso de evidencia que pudiera resultar innecesaria. Una falta de naturalidad. Sea como fuere, "La escritura o la vida" (1994), emparentada con "La tregua" (1962) de Primo Levi, es un extraordinario ejemplo de cómo la literatura puede hacernos superar la barbarie. Su metáfora más importante, poética en un gran lector ...

Lo que dejamos en los libros. Bruno Schulz

Regresar, volver, retornar, desandar. La obligación de pertenencia que uno siente nos sitúa ante la paradoja de emplear cada tanto estos verbos, como quien se pone una vieja chaqueta que las nuevas modas han convertido en ademán excéntrico. En ese mismo armario, o al abrir las cajas arrumbadas en el trastero de la enésima mudanza, aparecen los signos y las evidencias de todo nuestro tiempo en el mundo. Porque en cada uno de nosotros palpita eso, ni más ni menos, todo el tiempo del mundo. Entre cajas, luchando por salir de los cartones, aparecen las voces, lo que se dijo y lo que no se dijo, los retratos individuales de los que hoy ya no constan en el Registro de Hacienda. Seguir adelante cada día es eso, abrir y cerrar cajas para enterrar evidencias, para olvidar nombres y personas de lugares, días, por no indagar en nuestra sedicente precariedad y consciencia de que al final del trastero hay una caja que nos espera, que otros abrirán y cerrarán con parecida indulgencia sin que merezca...

Extraterritorialidad del escritor. Gombrowicz, Borges, Saer, Denevi.

Sin dejar de ofrecer interesantes coincidencias posicionales, más que otra cosa evidente para el lector -la común extraterritorialidad y marginalidad respecto de la cultura occidental y europea, Borges por argentino, Gombrowicz por exiliado-, no deja de ser curioso al tiempo que loable el intento que realiza Juan José Saer en 1990 para desagraviar al polaco del trato recibido por la sociedad argentina literaria de cuarenta años atrás. Dicho intento le honra en cuanto que proclama un gusto y una admiración literaria que compartimos muchos: los suficientes para preservar la fe en unas cuantas manías que difícilmente constituyen una secta. Claro que el esfuerzo en buscar coincidencias entre Borges y Gombrowicz, y entre este y la Argentina, llevan a mi admirado y llorado Saer hacia propuestas desafortunadas. Lo digo con verdadero cariño del devoto lector y con la camaradería bien dispuesta, fruto de una noche memorable en Madrid, noche de vino y rosas, acompañado de su mujer, Manuel Imaz y...

El deber, y la precaria eternidad del escritor. Norbert Elias.

En su momento, comenté contigo una idea relativa al deber, al deber del escritor, que por otro lado no se debe separar mucho del concepto del deber que tiene por lo demás cualquier persona. Quiero decir con esto que al ser humano le queda y le aguarda la elección del deber, de su deber, como quizá su rasgo más humano de todos los posibles. La ética contemporánea siempre ha enfatizado esta cuestión del deber como nuestra relación con los otros pero desde nuestra propia elección. Es esta la tradición ilustrada: no hay, por así decirlo, libertad muda o hibernada, en estado de silencio, salvo tal vez en la infancia, sino que esta se manifiesta a sí misma cuando se pone en movimiento: en relación con los otros. Y esta relación se produce a modo de oportunidad, no de obligación. Es aquí donde intervienen las reglas de la paridad, el intercambio y todo aquello que excluya el dominio y la jerarquía no elegida. Y aún con esto debemos tener mucho cuidado, pues el deber tampoco es un absoluto y ...

La vida cotidiana. Proust.

Siempre me han gustado los libros de fragmentos, los libros que se han construido como la vida misma, a golpes de ingenio, tal vez porque desconfío profundamente de las articulaciones modélicas, de los sistemas, de las sistematizaciones, de eso tan alemán que son las cosmovisiones. Y es que al final la vida nos enseña que eso de la coherencia y la línea recta es una invención, una teoría, en ocasiones muy dañina, casi siempre atentatoria a la libertad. Por eso mismo me gustan los presocráticos, porque ya fuera porque eran así o ya fuera por el ejercicio del tiempo, lo cierto es que nos han llegado cargados de dudas, de aclaraciones, de oscuridades y ambigüedades que no acabamos de discernir del todo. Por eso mismo me gustan los diccionarios de palabras y de conceptos, el I Ching y las antologías de poesía: los podemos abrir por cualquier parte como si nuestra sorpresa fuera su apariencia de la verdad.  Supongo que de nuevo hay ahí algo de descrédito hacia los libros de largo alient...

La histeria de los pueblos, y de las personas. Robert Musil.

Los historiadores, que son los escritores de la patrias y los pueblos y todos esos sujetos colectivos tan molestos para nosotros, los escritores y los poetas, nunca han dejado de ser y de ocupar el lugar de los antiguos cronistas, coronistas , encargados de glosar las hazañas de reyes y prelados. Son coronistas, en el sentido de que no sirven a Cronos sino a la Corona o a la Tiara. Por eso sus crónicas, sus relatos, son más exactos que los nuestros, pero menos ciertos. En todo caso, su abundancia de datos y citas no les hace ser más veraces que nuestras interpretaciones noveladas o filosofadas de lo que pasó en tal o cual periodo histórico. Las numerosas pruebas que presentan para demostrar su objetividad es la prueba de su mentira. Por esto mismo cada nación, pueblo o tribu, batalla por imponer su visión y la de sus cronistas de soldada. Un ejercicio siempre útil consistiría en estudiar la historia de un país contada por los cronistas de la nación rival. Pero eso equivaldría a desarma...

Sinceridad e intuición. Kandisnky.

¿Existe algo parecido a la verdad en el artista, en el escritor? Tal vez pueda existir una verdad en el escritor que tenga que ver con la sinceridad, allí donde sinceridad e intuición se funden, buscando la obra. Y aún así esta sinceridad no es real. El oficio de escritor es el oficio de mentir, y cuanto mejor se miente más grande es el arte, y mejor escritor se es. Mentir sinceramente, eso sí. Y esta sinceridad no es sino el deseo de cumplir con un mandato propio, el de la propia intuición; hacer bien las cosas, hilar fino... Por todo ello, el peor enemigo del escritor, y lo que arruina a tantos, es la impaciencia, la codicia por llegar a la nombradía, por alcanzar la esquiva fama. Para todos hay un final, y luego nos quedan los libros. Quizá por ello Vasili Kandisnky insistía en el valor primordial de la intuición, sobre todo en los comienzos, dejándose llevar por ella, con toda sinceridad y empuje. Así, nos decía, "lo artísticamente verdadero sólo se alcanza por la intuición.....