Un sólo libro en el corazón de un hombre. Lampedusa. Svevo.
Pasa el tiempo. Ahora sí lo sabemos. Ya no tocamos de oídas. La más dulce tarea de la vida, la leer de nuevas y releer de viejas se desdobla de manera bifronte, mitad y mitad, sobre el tiempo que nos queda libre, ese que nos queda de cuando no estamos luchando por ganarnos el pan. Me consuelo pensando en Joyce dando clases de inglés a Italo Svevo en Trieste, contratado por la Academia Berlitz. La relectura de El Gatopardo produce sorpresas que uno no había sabido apreciar hace treinta años. Son meandros distintos, pues con toda probabilidad cada edad nos hace mirar el tiempo que nos traspasa con anteojeras distintas. En primer lugar, destaca su modernidad y al tiempo su lejanía de toda corriente pues la situación temporal de la novela, que cuenta desde el 1952-54 sucesos de hace casi 80 o 90 años, es una ida y vuelta de pequeños detalles e incidencias que la alejan por completo de la novela histórica al uso. Este mecanismo de nostalgia y de evocación de lo pasado se pone en marcha...