LOS COMENTARIOS

To the Happy Few: espero que estos comentarios y las otras ideas o divagaciones que siguen en la bitácora presente puedan ser de alguna utilidad a quien quiere seguir o ya está en este oficio o carrera de las letras, ya porque sea muy joven y no tenga a quién acudir, o ya porque no siendo joven de cuerpo sí lo sea de espíritu, y desee o considere que es adecuado, con toda llaneza, combatir de este modo que ofrezco el aburrimiento...

Las reglas de uso que propongo al usuario son simples: que tus comentarios busquen la contundencia de la piedra lanzada y suspendida en el aire, buscando allí afinar la idea.

Deseo también que estos pequeños dardos de este diario personal que aquí inicio sirvan como disparadero de ideas para otros proyectos ajenos destinados a otros espacios.

Por último, los diálogos que se produzcan los consideraré estrictamente privados. Y no es preciso poner punto final a los mismos, pues incluso los ya transitados pueden recrudecerse pasado un tiempo.

lunes, 29 de octubre de 2018

Si construir es desafiar a los dioses...Homenaje a Llorenç Barber


[Leído el 26 de octubre de 2018, Centre del Carme, Valencia, . Texto y fotos, José Tono Martínez)

Si construir es desafiar a los dioses, en cuanto que ponernos a cubierto de una estructura humana equivale a hurtarnos de los ojos de Dios y de todo poder encargado de "vigilar y castigar" (Foucault), escapando de esa vigilancia omnímoda y panóptica, hacer música -que no componerla sino más bien descomponerla- tal y como hace Llorenç Barber, equivale a consonar la obra humana del oír con la del otro oír de la obra natural, y aún con la música de las estrellas y los planetas, esa que se produce en su estelar deambular por el espacio y que nosotros, por ser parte de ese deambular, no podemos sentir, excepto por intermedio de mediadores y médiums como Llorenç Barber.
LB en su casa de El Cabanyal de Valencia
Yo creo que este es el proyecto Llorenç Barber que nuestro amigo comenzó a vislumbrar en 1970, cuando su propia ansia de libertad sonora tropieza con la libérrima independencia del anarco-músico John Cage. A partir de ese momento todo entra en conjunción, la fiesta del cuerpo y la fiesta del oído incorporan todo acto, todo ACTUM, que invierte/conjuga/difumina/pervierte el lugar del oidor y el lugar del escuchante, incorporando al juego todo aquello que -entremedias- sucede y tiene lugar en el momento en el que se produce el acto o la Acción Barber.
Luego, todo es historia y trayectoria sonora, arte callejero en los conciertos de campanas de ciudad y arte en la naturaleza en los conciertos de sol a sol y, en el medio, todo lo que es ser parte del mundo de Llorenç Barber, dentro y fuera de un recinto, a cubierto de los dioses, como decía antes, en una estructura construida por el ser humano, o bajo las estrellas, para que sean estas parte de su hacer, como cuando en el año 2008 una violenta y repentina tormenta se entrometió en el Concierto de Campanas que LB, acompañado de decenas de músicos, estaba ejecutando en Zaragoza, con motivo de la expo del agua, que, muy a propósito, y así convocada por el maestro, no quiso dejar de hacerse presente, y a raudales. 
En el Arreciado, 2016
Conocí a Llorenç Barber muy a primeros de los años 80, en el 83, cuando acababa de salir la calle nuestra revista La Luna de Madrid -que luego sería presentada en Valencia- y en la que Llorenç fue enseguida invitado a terciar musicalmente en aquellas polémicas y debates de la llamada posmodernidad, que, con el de la movida, era uno de nuestros leitmotivs. A partir de ahí, he tenido la suerte de contar, primero, con su amistad, que es de todo esto lo más importante para mí, y luego con la de Montse y la de sus hijos, Shiram e Izaj. Más tarde, cuando he podido, nunca he dejado de convocar a Llorenç, en Santander -con amigos invitados ya idos como Leopoldo María Panero o José Luis Brea-, en Madrid, claro, en Buenos Aires, donde fuimos capaces de convocar en Plaza de Mayo más escuchantes que Evita Perón, siendo arzobispo y prestador de campanas Monseñor Bergoglio, hoy papa, y donde se inició una secuela que tuvo entretenido a Llorenç varios años en tierras argentinas. En Tailandia, en la Ciudad de Chiang Mai, en un memorable concierto acompañado de instrumentos tradicionales, y ya, hace poco, en Mallorca, en Alcúdia, en un concierto mini, en la iglesia de Sant Jaume.
Campanario de Alcùdia
Aquí pude, después de 35 años, sonar una campana bajo esa batuta que no lo es sino bordón de Esculapio o Hermes, porque toda la obra, el quehacer, y el entretenerse de Llorenç Barber tiene que ver con una condición vinculada al proceso de purificación, al dios o daimón katariós, el que cura mediante catarsis. Porque su accionar es más una terapéutica que una propedéutica, escuchar a Llorenç es curativo, pues él no viene a dar la lección o a tomarla, sino a participar en un proceso colectivo de aprendizaje. El arte sonoro de Llorenç se compadece así más con los Misterios (antiguos) que con una certidumbre, más con un fenómeno que no con un nóumeno, más con el hacer -que es la esencia de la poiesis- que con el decir.
En mi casa
De este modo, LB es símbolo y epítome total de fisicidad, convertida y transmutada en espíritu, en élan vital, en aire en movimiento, soplo, silbo, estampida, que es precisamente la esencia del sonido. Uno que nos ha capturado y que nos ha incorporado a sí mismo, metáfora perfecta del órgano gigante de Rudolph Wurlitzer en el que un podía meterse adentro, y hacerse aire y movimiento. Y eso permite a LB volver a su origen, a ese joven que tocaba los viejos órganos de pueblo en pueblo, elevando su música hacia los cielos del Levante, homenaje al sol que nace.
Coda: En el debate me preguntaron por tres palabras o cuatro palabras que acotan, o circunscriben a LB. Yo mencioné  Libertad;  Imperturbabilidad o ataraxia;  Autenticidad y Disponibilidad. Y también destaqué algo que allí era evidente, notable en la presencia de tanta gente joven que sigue a LB, pues ese es su magisterio, la manera que tiene su obra para permitir que todos volvamos a sentir que lo podemos hacer todo..., como dioses.

sábado, 6 de octubre de 2018

EL CAMINO DE ADRIANO. (UN VERANO INGLÉS)


Ya está en librerías, o eso espero, claro, si los buenos libreros y los que son lectores amigos, así lo quieren y promueven, mi nuevo libro, El Camino de Adriano (un verano inglés), en el sello Evohé, colección Periscopio. Se trata de un ensayo literario, si se me permite, un poco a la antigua usanza, esto es, un ensayo más acerca de la historia o con la historia, que histórico a secas.
En este libro, uno de los quereres implícitos ha sido el de hacer una pregunta por los antecedentes que hasta aquí nos han traído, en la medida en la que esos antecedentes, y la ansiedad que nos genera su influencia, como diría Harold Bloom, configuran o instigan una pregunta acerca del presente que somos y nos contiene, y aquello que define nuestro estar y nuestro ser en el mundo. No es la primera vez que parto de pareja pregunta.


Como en otros libros míos, El Club de la InfamiaLa doma del elefanteEl Rey de Ramnagar, se presenta aquí una suerte de ensayo literario y de historia, híbrido, como se dice ahora, puesto que en él hay viaje, imaginación, investigación, conjetura, y, hasta si me apuran, excursionismo cultural. Pues me he permitido hacer también una romántica re-lectura de la afamada Guía de los Lagos que el poeta William Wordsworth escribió en 1835, en última edición, con el designio de animar al paseante culto a internarse en estas tierras de Inglaterra y conocerlas mejor, de primera mano.
El Camino de Adriano, (un verano inglés) es, asimismo, una reflexión muy libre acerca de las heridas de las guerras y de la historia humana que, en general, funcionan o se presentan ante nosotros a modo de exvotos del tiempo, discursos interrumpidos que devienen fragmentos, edificios y proyectos en decadencia, objeto de investigadores, coleccionistas, museógrafos, paisajistas y otros restauradores que, a su vez, con las ruinas del pasado construyen otra representación para nosotros.
Porque el Camino que bordea el Muro de Adriano, y el Muro mismo, es una gran y larga ruina de 130 km que separa Inglaterra de Escocia, y también podemos decir, un tempo de otro, que poco tiene que ver con el de la grandes y modernas metrópolis británicas... Es, por tanto, un viaje al pasado que está aquí, todavía entre nosotros, como una lengua antigua que todavía podemos comprender.

Este viaje al pasado y al presente, en estos tiempos en los que el fantasma del nacionalismo y el particularismo recorre Europa, y en los que el Reino Unido quiere construir un muro llamado Brexit sobre el Canal de la Mancha, esconde una clara intención cosmopolita. Encierra, por tanto, un viaje al mundo del emperador hispanorromano que lo mandó construir; un emperador culto, un helenista practicante del poliamor a la griega, un devoto de los misterios órficos, mitraicos y délficos, un viajero incansable y curioso, un ser humanitario, pacifista para la época y universalista, en la línea de la filosofía estoica que profesaba, y que le hacía comprender que el mundo de Roma ya era el mundo del todo el imperio y, por qué no, de la humanidad. 

El libro se centra en el Camino que mandó construir Adriano, pero también es un homenaje a la figura de este emperador e intelectual estoico, lector de Epicteto y su Enquiridión, compilado por Flavio Arriano, historiador del círculo de Adriano, al igual que Suetonio, y donde reviso el episodio de su amor por Antinoo, ese joven bitinio que lo trajo de cabeza y que murió en río Nilo en extrañas circunstancias que me permito comentar. De ahí, a la posteridad, esto esto es, a la divinidad. Puesto que Antinoo, como Cristo, subió a los cielos. Adriano, como comento en el futuro libro El Anillo de Giges, mi tercero sobre El Camino de Santiago, que ya está casi finiquitado, era un cultor de esa sexualidad antigua, y tal vez ahora moderna o en pruebas de la que habrá de germinar el hombre nuevo, o la mujer nueva, o el andrógino, a modo de eterno retorno al origen, del que hablaba Platón en El Banquete, hasta que Zeus dividió a ese ser y creó el hombre y la mujer. Adriano buscó ser ese "ser en el límite", que diría Eugenio Trías, un héroe, puesto que en puridad el sexo, o mejor, la sexualidad del héroe o de la heroína, durante sus aventuras y viajes, es siempre indecisa hasta que regresan al mundo de los mortales y adquieren una condición social determinada, estratificada.
Lo vemos en los casos de ambigüedad que afectan a Orfeo y a Herakles. En rigor, como dijimos antes acerca de la divinidad, el héroe posee una condición angelical trans. Y eso es un poco lo que el pasaba a Adriano. En un contexto, por lo demás, en donde todos los emperadores disfrutaban de colegios de pajes y efebos coperos, lo que no les impedía cumplir con su deberes hacia la familia imperial. 

El Camino de Adriano (un verano inglés) es también el testimonio de un viaje en efecto realizado, y como tal queda consignado en sus etapas y consejos que se brindan para que otros diletantes y degustadores de las cosas del pasado puedan rehacerlo, o completarlo. Por esa razón y no por otra lleva el sobrenombre de «verano inglés». Pues, al tiempo que propone un itinerario sui generis de una época, nos permite realizar una incursión que refresca nuestra memoria, trayendo hasta nosotros a muchos de los habitantes de ese pasado que poblaron estas tierras.
Así, por ahí desfilan algunas de las cuitas de los viejos pueblos paganos, celtas, o sajones y anglos, entre otros, y el mundo de antaño, con sus hadas y sus druidas, con sus arturos primitivos y sus caballeros medievales, con sus abadías cubiertas de hiedra, y con esos castillos vencidos que señalaban la ruda y guerrera marca entre Escocia e Inglaterra. Un mundo de la frontera que está ahí pero que con un poco de esfuerzo también está aquí, como canta W. H. Auden en su poema Roman Wall Blues, entre algunos poetas convocados que me he permitido traducir, para que nos ilustren y animen durante la marcha.
Y por fin, para terminar de nuevo con Adriano, que es nuestro protagonista, El Camino de Adriano, (un verano inglés), es también un sueño de Europa, el de un itinerario cultural y el de un patrimonio compartido que tal vez imaginó Roma, o Publio Virgilio a través de Eneas, y que con mucho esfuerzo seguimos todos alentando, interpretando, a veces con intenciones aviesas, otras gracias a nuevas lucubraciones originales, como gustaba decir a nuestro admirado Juan Eduardo Cirlot. Espero que este, mi pequeño Adriano, sea una de ellas.
Diminutos lagos que jalonan el camino



Lannercost Abbey


El Puente del río Tripalt  

Wyvern. Abadía Benedictina de Santa Werburga, luego Catedral de Chester

El camino entre bosques


  


sábado, 3 de febrero de 2018

El libro del olvido

Ayer por la noche hable con mi madre por teléfono, desde Mallorca, donde ahora vivo, en la ciudad amurallada de Alcudia, cerca de Alcanada. Vivo intramuros, casi murado, detrás de una de las viejas torres que blindaban el largo lienzo. Es hoy una imagen idílica, pero a veces, mientras desayuno, pienso en las viejas y crueles guerras que debieron tiznar mis ventanas de sangre y fuego. Mientras escribo esta nota, el mar ahora tranquilo se agita delicadamente entre las rocas recubiertas de posidonia de la pequeña cala de Sa Bassa Blanca, que da nombre al museo que dirijo. La posidonia, junto al agua, es un manto verde y oscuro que protege la línea de costa de la erosión. Es un manto denso, y me hace pensar en la imagen de una cabellera entrecana y rala, ya bajo el sol, que le hubiera brotado a la roca dura. A lo lejos se ven pocos barcos en la bahía inmensa. Es invierno, y hace frío.
Le he tenido que explicar a mi madre de nuevo qué es lo que hago en Alcudia, y las razones por las que he aceptado este trabajo en los confines de la isla, y las condiciones del mismo. Se ha quedado muy contenta; siempre ha pensado que soy un aventurero, y en su adn está inscrito el viajar y el cambiar de país, sin temor al desarraigo. En los últimos tres meses y medio, desde que estoy aquí, le he tenido que explicar esto mismo con variantes. No me gusta repetirme como si yo fuera un eco de mí mismo. De modo que cada vez que me pregunta qué es lo que hago en Mallorca, se me presenta una nueva oportunidad de recontar la historia, de añadir nuevos detalles, de olvidar otros que me parecían relevantes hace dos meses, o tres.
En noviembre pasado cumplió 92 años, y puedo decir que es una mujer feliz. Y es feliz de saberme feliz. Ayer le hablé de la colección de rosales del huerto medieval que tiene el museo, son casi cien variedades, con algunas cepas antiguas, de más de cien años. Exagero, tal vez, pero a mi madre le gusta más la fantasía que la realidad. Claro que ahora no hay rosas, no es la estación, pero eso no importa.
Para terminar la conversación, de repente, hablando de rosas, se me ocurrió recitarle a mi madre el poema del argentino Baldomero Fernández Moreno, Setenta balcones, y cuya primera estrofa dice así: Setenta balcones hay en esta casa,/setenta balcones y ninguna flor./¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?/¿Odian el perfume, odian el color? 
Es uno de lo pocos poemas que me sé de memoria. Al terminar de recitarlo, y tras un largo segundo de silencio, mi madre me dijo:
- Me lo tienes que copiar, para que lo pueda yo leer. Es un poema muy bonito.
Mamá no recuerda que ese poema me lo enseñó ella a mí, cuando yo tenía 10 años. Y gracias a ese recitado gané mi primer  premio de declamación. Ella había estudiado Arte y Declamación con Anita Villalaz, discípula de Berta Singerman. Eso fue en la década de los años 30 del siglo pasado. Supongo que por todo ello puedo decir que soy escritor. Pero ahora mi madre ya no se acuerda de todo eso. Ni del poema que ella misma me enseñó y que ahora escucha como nuevo.
Hoy la he vuelto a llamar. Me dicen que se ha caído en el baño, mientras se duchaba. Se niega a que nadie la acompañe o ayude en esta tarea. Ella me dice que no está tan mal, que ella no es una impedida, o una vieja inútil. Estuvo cinco minutos inconsciente. Por suerte, la empleada que la cuida y atiende estaba allí, y la pudo sujetar. Pero el médico, por teléfono, ha indicado que se trata de un desvanecimiento sin más. Normal. No hay más que hacer. Mi oficio en la distancia es hacerla reír un rato. Me lo cuenta a su modo, me dice que no fue para tanto, un resbalón. 
-Mamá -le pregunto- ¿no estarás tomando tragos? Hay viejos que se vuelven muy borrachines -le digo. Se ríe. Me dice que estoy loco, que qué cosas tengo, y nos reímos los dos, entregados al olvido que viene. 

domingo, 14 de enero de 2018

La Generación del 87. Orígenes y destinos desde La Luna de Madrid.

Este jueves 18 de enero de 2018, en la Sala Sur de Conde Duque de Madrid, presentamos la exposición La Generación del 87. Orígenes y destinos, que he comisariado junto a Félix Cábez e Inma Ruiz, que han hecho un trabajo increíble para sacar este proyecto adelante. Hoy domingo 14, El PAÍS semanal dedica un amplio reportaje o ensayo fotográfico dedicado a este proyecto, que retoma las peripecias de lo que éramos hace treinta años y nos lo devuelve ahora, cual ejercicio de memoria que nos pone sobre la mesa ese extraño rostro que fuimos, casi como un encuentro con el espejo de ese otro que somos ahora, y que le pregunta al de entonces de qué va esto de la vida que nunca acaba, porque comienza cada día. Menos para los amigos retratados entonces que están presentes de otro modo, como Lluis Martí Ragué, el amigo escritor barcelonés que sólo vivió 23 días a su año de la Generación del 87. 

El origen del proyecto, extrañamente concluido ahora, comienza hace más de treinta años, a principios de 1987, cuando publicamos en La Luna de Madrid un número especial de fotografía que reflejaba -o hacía una apuesta- de nombres y rostros que nos parecían relevantes o interesantes en aquel momento. Como habíamos escrito unos años antes, en 1983, en el editorial del nº 1 de la propia Luna de Madrid, nunca una generación en España había tenido que quemar tantas etapas de golpe, pasando de ser progres, hippies y contraculturales a ser punkis, mods y modernos, pues en diez años hubo que hacer mil transiciones, otros tantos malabarismos mentales y cambiarse el disfraz de lo que uno era, -no sólo el del día por el de la noche-, hasta llegar a un momento el que, supongo, ni nosotros sabíamos muy bien quiénes éramos. Tal vez ahora tampoco lo sepamos. Y en eso consiste un poco la vida, en no saber quién somos y en ir descubriendo paso a paso el enigma de «un futuro que ya está aquí», pero que no acertamos a descifrar.



Aquellos años de movidas y de posmodernidades fueron, por encima de todo, un canto al presente, al día a día, en una España y en un Madrid sin recursos, muy pobres, y el que todo estaba por hacer. La carencia de medios, la ruina generalizada, la ausencia de un Estado protector y rico, se superaba con improvisación y espontaneísmo. Había que inventarse cada mañana, para sobrevivir, y más si uno quería ser artista, escritor, músico o algo relacionado con este mundillo cultural. La única manera de hacer esto era recurrir al grupo, a la tribu, a los amigos, de manera muy libertaria, muy enloquecida y muy generacional.

Por el camino nos dejamos más que muchas plumas, porque nuestro propio cuerpo, al igual que el cuerpo de la ciudad, con sus calles, era «el cuerpo del amor» donde experimentábamos cada día una nueva forma de vivir y sentir. Muchas de las reivindicaciones de otras formas de vida, y de otros consumos alternativos, los pusimos nosotros por primera vez sobre la mesa en aquella España rancia, postfranquista y pacata que nos había caído en suerte. Recuerdo cómo nos reímos cuando supimos que allá por el 1983 el obispo de París, luego de ver un reportaje sobre una de nuestras alucinantes fiestas-concierto, declaró: “Si esta es la nueva España, pobre España”. Sí, entre todos, conseguimos darle la vuelta a todo aquello. Y pasarlo muy bien. Por eso escribí, en su momento, que «si viviste los ochenta y te acuerdas, es que no los viviste», una frase que resume mucho el espíritu de aquel tiempo callejero, porque el epicentro de nuestra revista era la calle y la ciudad recuperada, como espacio y órgano de creación, eso sí, con un fondo musical y nocturno

La Luna de Madrid fue un estado de ánimo colectivo, una revista-foro, coral, una combinación-túrmix de corte de los milagros que teníamos que hacer cada mes para sacar la revista a la calle, agitando, provocando,  generando propuestas y recogiendo otras; un espacio común donde las diversas tribus urbanas y culturales podían visitarse hasta formar, como resultante, un largo y desenfadado etcétera de profesiones, personas, ocupaciones y ocios mezclados en la comunal algarabía de sus enormes páginas. Una de las habilidades de nuestra revista fue la de mezclar lo serio con lo frívolo, lo cultista con lo vulgar y lo repentino, lo clasificado con lo inclasificable, y en el camino hacia la astracanada, acertar: pues una gran parte de los colaboradores allí presentados son los que hoy, con las alzas y las bajas propias de una época difícil y arriesgada, siguen dando juego en nuestro panorama cultural. 

En aquel número de rostros que hoy nos interrogan desde aquel tiempo de hace treinta años, hacemos un repaso a una de nuestras propuestas y apuestas de aquel momento. En este caso, el juego consiste en ver qué pasó con aquel corte generacional que la redacción de La Luna de Madrid propuso como “figuras, personajes, y protagonistas” de aquel “instante cuya anatomía” ha quedado detenida en el tiempo y en las páginas de la revista. Treinta años después, con el concurso de algunos de los fotógrafos de entonces, pero incorporando los nuevos de hoy, volvemos por donde solíamos, y de paso a preguntar a aquellos amigos por sus vidas, por sus caminos, y tal vez, al averiguar esto, tal vez sabremos cómo nos ha ido a todos en este juego de la vida, que ahora sabemos que ya no es un juego. ¿O tal vez sí?

martes, 25 de julio de 2017

Vertebrando España por Santiago


«El Camino de Santiago es uno de los escasos relatos fundacionales que desempeñan el papel de unificadores sociales, económicos, históricos, y de agregadores de las dispersas voluntades colectivas peninsulares. Esto el Camino lo hace a la chita callando, como lo expresaba san Juan de la Cruz cuando recogía un viejo refrán castellano, pues «cuanto más se procura, menos se alcanza», y eso vale para el camino de uno, y para el Camino de todos»

                               Ver más en la Tercera de Abc, hoy día del Hijo del Trueno


http://www.abc.es/opinion/abci-vertebrando-espana-santiago-201707250915_noticia.html

miércoles, 5 de julio de 2017

Autoedición: editoriales de conveniencia.

     Publican al unísono del teclado virtual, hoy en Facebook, una nota los amigos Manuel Ortuño y Marcos Ricardo Barnatán en referencia al tema de la autopublicación de libros, "negocio" al que desde hace pocos años pero de manera creciente se están apuntando también los grandes grupos editoriales. Llueve en julio sobre mojado, es un decir, (que se ha cumplido, extraño pronóstico) porque durante la pasada edición de la Feria del Libro 2017 de Madrid hubo polémica puesto que los organizadores de la feria, el gremio de libreros, prohibió a estas que llamaré editoriales de conveniencia que pudieran tener allí una caseta para firma y venta de esos autores autoeditados. 
     No es fácil decidirse a opinar en un sentido u otro, como sucede tantas veces. Por una parte, es sabido que algunos grandes escritores del pasado tuvieron que autoeditarse en un momento dado porque no encontraban editores que les publicaran, o porque los que encontraban no les convenían por un motivo de calidad de la edición o por otro cualquiera. Baste con citar a Marcel Proust, que como es sabido se autoeditó el primer volumen de En busca del tiempo perdido, ya que el original había sido rechazado nada menos que por André Gide en la Nouvelle Revue Française, actuando este, como se ha dicho, tal vez por prejuicios hacia quien era considerado un escritor frívolo y de sociedad. Le sucedió otrosí (no es errata) a Juan Eduardo Cirlot, que se tuvo que pagar la edición de la mayor parte de su maravillosa obra poética, como nos recuerda Antonio Rivero Taravillo en su impagable Cirlot. Ser y no ser de un poeta único, Sirvan estos dos ejemplos para darnos cuenta del alcance de lo que decimos.

     Claro que, por otra parte, los que estamos en esto del leer, del escribir y del editar, desde hace ya muchos años y hemos sido editores de libros y revistas, o dirigido colecciones y además, para colmo, también escribimos, sabemos que una de las funciones del editor, (y de la edición en general), aún en el caso del más pobre y minoritario de los editores del mundo, consiste en ejercer un cierto control, si se puede decir así, respecto de la calidad y la originalidad de lo publicado.
     El editor que arriesga su tiempo y su dinero y su prestigio cuando opta por un libro está cumpliendo con un papel de mano invisible y reguladora del tráfico de libros e ideas. En como el galerista que expone a un artista y al tiempo se expone él, o ella, en la apuesta que hace. Es un papel dudoso y discutible, y siempre puesto en cuestión, lo que se quiera, pero que está ahí, incluso cuando el editor ejerce desde una editora institucional. Y por parte de los libreros, ese papel se refuerza desde el punto de vista de la confianza que les ofrece a estos el saber que alguien ha corregido, vigilado y apostado por tal libro que, a su vez, les llega de mano de una distribuidora que, como sabemos, también selecciona a los sellos que mueve y representa, pues no puede llevar a todos. Es este un proceso siempre puesto en cuestión, y lleno de injusticias y arbitrariedades, pero no está claro cuál deba ser el remedio, o el recambio, o el complementario, como diría Machado, si lo hay.
     Digamos que todos estos filtros y mediaciones ofrecen, tal vez, alguna garantía de que lo que llega a la mesa del librero en la feria, o en un día cualquiera, cumple con alguna exigencia mínima de interés. Y lo cierto es que hay para todos, en cuanto a intereses, puesto que por esta vía se publican al año en España una media de 70.000 libros. Ese conjunto de mediaciones tiene o cumple otra función social respecto del hipotético o despistado lector que se pasea al azar por una librería o por la misma feria: se supone que los tales filtros sirven o indican que lo que allí se expone tiene algún marchamo de calidad.
     Al lector especialista o informado esto le da casi igual, porque sabe lo que quiere y lo que busca. Pero el otro, el despistado, presupone de manera intuitiva que lo que está allí y tiene una portada atractiva tiene en sí algún valor. Ya sé que luego no es así, y podemos encontrar todo tipo de quincalla que ha pasado esos filtros, pero, de nuevo, insisto, los filtros han sido pasados, el trámite ha sido cumplido, y eso tiene un valor. Hay o hubo un límite, siempre que no hubiera "prevaricación privada" por parte del editor, que este es otro caso, pero no el que ahora me ocupa.
     Los que hemos firmado libros en la Feria de Libro, en cualquier feria del libro, sabemos que con frecuencia sucede que uno de esos lectores despistados se acerca medio ciego, porque van desfilando de caseta en caseta un poco aturdidos, como ante un banquete interminable de letras y colores apetecibles, pero que no pueden gustar a tontas y a locas por razón de bolsillo, y al observar nuestro libro pregunta, de manera ingenua, si está bien. A veces no se ha dado cuenta que está hablando con el propio autor (esto me sucedió este año mismo, con Hijos del Trueno. Mitos y símbolos en el Camino de Santiago) y claro es, uno se ve arrojado ante el acto casi indecoroso de tener que recomendar el propio libro y decir algo bueno de lo que uno ha escrito. En fin, es un trance que no deseo a casi nadie, bueno, a algunos sí, pero no lo voy a decir aquí, porque lo peor del asunto es que el lector despistado a veces no se lleva el libro, para bochorno general del librero y del escritor que comparte caseta y horario de firma, y que desde el otro extremo sonríe para unos adentros demasiado superficiales... 
     Tan es así esto que digo que para casi todos los escritores, no se si decir convencionales, entre los que me encuentro, pagarse una edición de una obra personal y original y sobornar, si se me permite esta dura expresión, al editor, es algo penoso y que está bastante mal visto entre los colegas de la pluma. Vamos, es algo inconfesable. Y de hecho, parte de nuestro trabajo, cuando terminamos un libro, consiste precisamente en armarnos de paciencia, puesto que entonces comienza el periplo de buscar casa editorial para nuestro nuevo desvarío libresco.
     Este "armarse de paciencia" como trabajo, en mi caso, me ha resultado siempre muy útil, puesto que como no soy nada consistente, sino más bien lo contrario, por no decir algo vago, en el proceso de búsqueda de editor pueden pasar años, y este "pasar de los años" me sirve para echarle un vistazo renovado al libro cada vez que un editor se interesa por el mismo, de modo que el desvarío suele salir ganando durante el periplo de búsqueda de puerto editorial.
     Así, en cuanto termino un libro, ya estoy pensando en otra cosa, y me aburre mucho este oficio de perseguir a los editores. Claro, esto me pasa a mí porque soy un worst seller y no disfruto de las desventajas relativas de tener una agente literaria. Y sólo por este lado soy comprensivo con la impaciencia de los noveles y algo menos con la de los talluditos que se autoeditan, y que ya deberían estos haber aprendido a no tenerla y domeñarla..., la impaciencia. (Debo decir que, para mi sorpresa, en los últimos tiempos, algunos editores de estos minoritarios que me gasto yo, hasta me buscan con más frecuencia de la debida, lo que no deja de suscitar en mí algunas dudas, en cuanto que el manuscrito del libro ya no reposa en bodega lo que debe, y lo que sin duda gana en oportunidad, lo pierde en solera).
     Pero dejando esta digresión, y volviendo al caso general y también dejando el mío en espera, decíamos que la mesa del librero es un poco como la repisa del farmacéutico o como la balda de un buen ultramarinos. Se supone que lo que hay allí puede ser adquirido con cierto viso de confianza. Y todo el proceso general de mediaciones que vengo exponiendo tiene que ver con la credibilidad de la obra y la del perfil de quien la produce. Igual lo que digo suena algo antiguo, o tradicional, y estoy dispuesto a ser rebatido o a cambiar de opinión. Pero no porque algo suene o sea antiguo hay que descartarlo. Sobre todo para quien se confiesa posmoderno de la primera hora.
     Veamos el asunto desde otro ángulo. Imaginemos ahora el caso de un escritor de ensayo histórico o social, o de cualquier otro campo del conocimiento, que se autoedita, y que de repente opta a un cargo o a una ayuda, y que legítimamente en apoyo de su candidatura, en el apartado de libros publicados, inserta un largo listado de volúmenes que lo acreditan como especialista en la materia. ¿No entraña esto algún tipo de fraude intelectual, de nuevo pido perdón por la expresión, o no nos ofrece algún tipo de duda respecto del procedimiento? Los norteamericanos, que llevan muchos años con los mercados desregulados para casi todo, tienen, sin embargo, en esto de los libros autoeditados poderosas cautelas. El National Endowment for the Arts, que con rango federal es como el Ministerio de Cultura que no tenemos, en su política de ayudas públicas, prohíbe taxativamente a los peticionarios el incluir como mérito entre sus publicaciones los libros autoeditados y auto- subvencionados, género al que denomina, con cierto desprecio,"vanity press", que se entiende muy bien en castellano. ¿Nos debe decir algo esto? 
     Concluyo sin conclusión clara. ¿Estoy en contra de las editoriales que se autoeditan? No. ¿Y de los autores que se pagan los libros? No. Y es verdad que la edición en general ha cambiado, puesto que ahora se pueden hacer tiradas muy cortas, a bajo precio, y las redes sociales y el acceso a la red global de internet y a la galaxia rural nos permite el acceso directo a nuevos públicos y lectores, muchas veces en edición digital en exclusiva. Esto es libertad, sí, pero la cultura es, además de libertad, un proceso de constante revisión y contraste con la tradición recibida. Termino, tal vez lo que he escrito, a propósito del post de mis amigos, nos pueda servir para repensar el futuro de cómo salvaguardar el mundo de nuestros queridos y viejos libros, que nos ofrecen un lugar en el mundo, como tal vez nada lo hace. 


miércoles, 7 de junio de 2017

Códigos de malas prácticas. Becarios y otros esclavos.

¡Becarios del mundo, uníos contra el trabajo precario!

Cuando tenía 20 años, en mi tiempo de comienzo a la vida laboral y cultural no había nada de nada. Todo nos lo teníamos que hacer nosotros. Si pedíamos una galería o espacio de arte para exponer a nuestros amigos y comisariar las primeras expos, había que pintar las paredes, como poco, y desde luego colgar los cuadros o montar las piezas. Si hacíamos un concierto para nuestra Luna de Madrid, nos encargábamos de casi todo, de la comunicación, del protocolo, de cortar los tickets a la entrada, de la seguridad, y hasta de repartir octavillas y flyers los fines de semana en el Rastro, para reforzar nuestra propia comunicación. En toda revista cultural, era muy común que los redactores ayudáramos a los maquetistas los días de cierre a contar cíceros, medir espacios, pegar titulares con letraset, y en fin, todo aquello que había que hacer para sacar adelante nuestra idea. 

Todo esto tenía el valor casi medieval de unir la tarea de creación de contenidos a la tarea de producción de contenidos, de modo que en terminología marxiana no se puede decir que estuviéramos alienados, o extrañados de nuestro propio trabajo. Nadie podía arrebatarnos la plusvalía, si es que hubiera alguna. Tal vez ahora, en el mundo de la Galaxia Rural, que así lo llamo en mi libro de Gestión Cultural sucede algo similar, y los gestores de contenidos se ven en la obligación de crear el contenido y, además, de crear el soporte virtual que haga que ese contenido llegue a alguien. En todo caso, lo que prima será siempre una buena idea original y rompedora y sobre todo, propia.
Becario botones

Entonces, por suerte, no había becarios culturales. Había aprendices, en los oficios, y les pagaban algo y hasta les daban de comer y para el autobús. Digamos que en aquella época, en 1980, no podíamos ser explotados porque el sistema pasaba olímpicamente de nosotros y no tenía la menor intención de hacer nada con nosotros, ni tan siquiera explotarnos como becarios.

No había ni Comunidades Autónomas a las que pedir ayudas ni viveros, ni laboratorios ni hubs ni otras fruslerías del estilo. Nada. Éramos buscavidas, lazarillos, y algunos de los titulares de La Luna de Madrid de un poco más tarde, 1985, lo reflejan: "Salir de la lampancia" o "Contra la juventud", porque estábamos hartos de esa retahíla habitual de los bien pensantes que siempre manifiestan su oronda confianza en la Juventud que viene, o que vendrá, mejor más tarde, para así seguir ocupando el puesto laboral..., en España siempre escaso.

Ahora hay becarios, miles de becarios. Pero muchos, la mayoría, trabajan gratis, o casi gratis, por aquello de hacer currículo y ganar experiencias... Están encadenados a programas educativos de formación y a sistemas de prácticas no remuneradas que constituyen un sistema esclavo encubierto. A mí esto me parece una explotación. Una mala práctica que debería ser modificada. Además, esas prácticas curriculares son en muchos casos obligatorias, y los becarios tienen que cumplir con 400, o 500, o más horas del programa académico que ¡ellos mismos han pagado! El colmo del esclavo consiste en pagar para que te pongan la cadena al cuello, esto es, contratas a tu jefe, para que te explote. La nueva moda incluso en el ámbito de la Cooperación Internacional consiste en que para adquirir prácticas te vas de becario-voluntario a un campo de trabajo social o cultural y tienes que pagar a la organización que te acoge y selecciona por tu estancia, hospedaje y alimentación incluidas, y gastos de gestión. Es una especie de turismo laboral esclavo...

Eso sucede ahora ahí, y en el mundo de la cultura, las empresas públicas y privadas se nutren de los becarios para sacar adelante sus programas de gestión, atención y otros que generan beneficios y servicios. Me parece una aberración. Cuando el ciclo cambia, y comienza un nuevo año, hay becarios que entrenan a su vez a otros becarios que proceden de otros programas de becarios en un círculo infernal de becarios del que no se sale hasta que uno, exagerando, se jubila de becario. Aquí la supuesta figura del tutor o instructor la desempeña el propio becario. 

Hay que vindicar la figura del becario pagado, con un mínimo mensual para gastos, me da igual, 150€ o 200€ mensuales, y que el Estado y las CC.AA. asuman algún prorrateo de gasto parcial de alta en seguridad social. Y los sindicatos, por cierto, tienen que asumir esta figura del becario pagado, como necesaria socialmente para su desarrollo profesional, su autoestima y su equilibrio personal. Lo otro es permitir que sigan siendo explotados.
En nuestra época, la única ventaja de no ser explotados como becarios sine die ni fecha de caducidad, es que tuvimos mucho tiempo para perder el tiempo y para generar algunas ideas que, por el camino, nos obligaron a inventarnos nuestro puesto de trabajo, y nuestro ser en el mundo.
Becaria encadenada

¡Becarios del mundo, uníos contra el trabajo precario!


miércoles, 31 de mayo de 2017

Cuando la musa ataca.

Desde hace un año mas o menos he venido coordinando a diecisiete artistas contemporáneos de todos los registros, (escultura, poesía visual y escrita, performance/acción, diseño, grafismo, fotografía, pintura, arte sonoro, instalación,) con la idea de difuminar fronteras trans y multimedia. Todos participan con quince propuestas en Cuando la musa ataca:Supertangibles para enfrentarse ante la dificultad que se produce en el proceso de creación, concepción, y presentación y recepción de la obra. Cuando la musa ataca: Supertangibles encierra en su binomio dos ironías. La expo tiene lugar en el Palacio de Quintanar de Segovia y estará abierta del 30 de mayo de 2017 al 24 de septiembre. 

Por una parte, se trata de indagar el proceso creativo, cómo se produce el arte, cómo se “fragua” antes de que casi haya arte, en el antes, en el proceso de creación y concepción de la obra de arte, que, de alguna manera se quiere presentar y documentar para cada uno de estos artistas, a modo de making off de cada proceso mental. 

Se trata de tocar ese momento de fragilidad e intangibilidad objetual en el que el artista contempla su sueño desde una caverna platónica, que, a modo de cámara oscura, refleja sus obsesiones, sus luchas, todavía no expuestas y ofrecidas al destinatario de la obra, sea este quien sea, sea de la forma que sea. En el otro binomio del título, la irónica y posmoderna supertangibilidad rinde homenaje al crítico de arte José Luis Brea y al filósofo francés Christian Delacampagne y se centra en esa dificultad que se produce a la hora de percibir y apreciar el arte como espectáculo social, un arte a veces banalizado, desplazado y desprovisto de aparato crítico comprensible, o un arte privado de un lugar que dé al artista seguridad, y un espacio reconocible en la comunidad. 

Cuando la musa ataca: Supertangibles se aleja, aunque sea por un momento, de la tendencia más es más de los grandes montajes escenográficos, al servicio de la producción de grandes eventos, que obligan a un ejercicio de desmesura y de claudicación al reino de la cantidad, allí donde esa “tangibilidad” se presenta como farsa, como inadecuación. Al centrarse en el proceso de creación in nuce, cuando surge la idea o la chispa creadora, cuando la musa ataca, estamos también, al tiempo, vindicando un espacio de ternura, secreto, delicado, íntimo, donde se establece un diálogo muy personal de artista con el espectador, un vis-a-vis, una búsqueda de la complicidad y de la empatía, al margen del entramado del arte, y del círculo del saber y del poder mediático, cuando el arte es todavía sólo inspiración y utopía. 
Artistas presentes: 15/17 [quince propuestas/diecisiete artistas]



Cuando la musa ataca, se complementa con acciones/performances en vivo de algunos de estos artistas durante los fines de semana de junio.

Paralelo Segovia/Cuando la musa ataca/junio 2017

1. Los Torreznos. [Performance]. “35 minutos”. Sábado 10 de junio, 20:00. Salón de Actos. Palacio de Quintanar.
2. Manuel Rufo. “Dibujar con los pies”. Domingo, 18 de junio, 11:30. Salida desde el Palacio de Quintanar para un paseo ciudadano de dos horas.
3. Nieves Correa. [Performance]. “Homenaje a Saint Jean Arp”. Viernes, 30 de junio, 20:00. Patio del Palacio de Quintanar

domingo, 20 de noviembre de 2016

Bibliotecas expurgadas, desahucios y asilos.

Va pasando el tiempo,  -así que era esto, sí, y lo decía Gil de Biedma, en su No volveré a ser joven, "Que la vida iba en serio/uno lo empieza a comprender más tarde"- y aún peores cosas que eran, pudieron ser y no fueron, en fin, las casas se van quedando pequeñas, o se necesitan para una venta rápida, y hacernos con efectivo, -money, money- y es preciso irse a otra aún más pequeña, o nos divorciamos, separamos, o nos desahucian, y hay que dividir el patrimonio, el menguado patrimonio, vamos, amigos, una ruina. De ahí que por esto que digo nunca nos debemos alejar mucho, o nada, de nuestro Marco Aurelio, y de los compañeros estoicos que nos enseñaban en la escuela de la calle, en la Stoa, bajo los pórticos. O en los jardines, como en Herculano, que una dosis de laissez faire epicúreo viene bien a la escuela del saber esperar..., que la renuncia, con un vinito, sabe mejor.

Siempre vuelve uno al principio. La vuelta y el regreso a la lampancia de la que nunca salimos ni nosotros ni el país. Porque ya se sabe que aquí escribir y todo eso de la cultura es llorar. Casi siempre. Menos mal que es vocación, decimos para consolarnos, y eso aún nos lo reprochan los que están atados al duro banco, pero con el riñón cubierto. Nos dicen, "claro, hacéis lo que os gusta, pues entonces no os quejéis, ¡so cigarras!". Lo dicho, en nuestra libertad está nuestra ganancia, y eso sí que no tiene precio...

A lo que venía. El caso es que con tanto encogimiento y mengua de casa, de hacienda, y de cuerpo, los libros, las revistas, los recortes de periódicos, y toda suerte de soportes analógicos, -esto suena como de otro tiempo y es una palabra feísima- ya no caben en la casa que es de uno y pronto igual deja de serlo. O ya no podemos cargar con ellos, me decía un vecino con el que compartía charlas breves, en el rellano de la escalera. Tenía una colección bastante decente de los libros miniatura de Aguilar, los de la Colección Crisol, y en ocasiones hice con él algún intercambio, para completar algo la mía. "Llega un momento -me decía-, en que no puedo ni levantar los viejos diccionarios, comenzando por el mataburros de la RAE, ¡y los grandes catálogos de arte!, me cuesta un horror bajarlos de las estanterías y desplegarlos sobre la mesa. Pero me dan la vida, pues ya no puedo visitar los museos". De estas cosas hablábamos, cuando salía con su mujer, vestida como una princesa gastada de la novela de Evelyn Waugh, Retorno a Brideshead. Y es que lo de ser analógico es como ser antediluviano, y yo creo que esto último era casi mejor, porque ser antediluviano es como ser o estar en el mundo antes de la caída, cuando había amor libre, y todo era fiesta, desenfreno y rock & roll. Y nada de rezos porque no había pecado..., ese sí que era un paraíso...

Esto que digo no es broma. Porque la vida es larga, y la lucha por ganarla o perderla nunca termina, hasta el último momento. Todo un fastidio. Estos días hemos sabido, a propósito de la muerte de Leonard Cohen, que a los setenta y tantos largos fue estafado por su representante y se quedó el poeta casi sin dinero, y por eso mismo se tuvo que echar de nuevo a la carretera, y a los conciertos en directo, para ganarse esa vida, que veía, cada vez más oscura, como nos dice en su último disco. Era un descuidado y feliz, y esto ya le había pasado con los derechos de Suzanne, que también se los había robado un aprovechado arrebatacapas.

Cada vez encuentro a más amigos que se vuelven, a casa de sus nonagenarios padres, o que los raptan, para disfrutar ellos de su pensión, y del menguado peculio. Mientras no les quieran echar, claro, que es lo que le pasó a mi vecino, y a su mujer. Su hijo se arruinó, cosas de una imprenta antediluviana, y desesperado convenció a sus padres, de aquella manera, claro, para que se fueran ellos a una residencia aparcadero de ancianos, y de ese modo poder vender la casa, y hacerse con algo de metálico para salir adelante. Me lo dijo una mañana mi vecino, con cara de retirada de la guerra de Cuba, y/o de haber leído el poema de Gil de Biedma por última vez. Ni pude ni supe decirle una palabra de consuelo. Porque me podía imaginar muy bien el escenario. El hijo arruinado, los nietos en riesgo de quedarse a dos velas, y los abuelos, los pobres abuelos que estaban como una rosa a sus 92, viviendo en una casa de 350.000€, vamos, como eso de sentarse a tomar el sol a la boca de una mina de oro.... en el far west... Reconozco que tuve un mal pensamiento, somos así, y hasta dudé en hacerle una oferta por los crisoles, y por algunos catálogos antiguos, que había entrevisto con codicia, en su biblioteca, y que con seguridad irían por ahí a malbaratar.

Pero, por suerte, aquello no pasó de un mal pensamiento. Se quedó en esas viejas tentaciones que nos ponían los demonios de antes, de cuando había demonios y creíamos en ellos, y nos tentaban. Y uno aprendía a controlarse, y a no ceder. No, aquello estaba mal. Yo no podía beneficiarme de su desgracia, hubiera sido esto un detalle de pésimo gusto y, quién sabe, hasta una humillación. Igual el pobre viejo todavía soñaba o imaginaba con la improbable rareza de algún nieto lector que un día se entretuviera con sus viejos libros, recordando al abuelo.

Las ventajas de una buena educación, de las de antes, de las que enseñaban a contener las bajas pasiones y a dejar en su sitio a los malos pensamientos, es que uno es menos proclive que otros a ceder a la pulsión de estos bajos instintos, anclados en el superyo de la especie y en la escala evolutiva de los cazadores oportunistas que fuimos durante varios cientos de miles de años. Ahora estamos, y están, -también porque son pocos, o menos-, todos al servicio del malcriado niño emperador, hijo de mamá, y putativo de abuela, de tía, para que entre todas le pongan piso, porque si no, ojo, le sale el machito alfa, y te lo quita él mismo. Y también está esa escuela pedagógica del soltarlo todo, del expresarlo todo, y de no dejar nada en la recámara del magín, como si lo bueno fuera ir por ahí soltando y haciendo todo lo que se nos ocurre, con tal de expresar nuestra individualidad. Pues ya no hay arte ni oficio, dicen estos, y todos podemos expresarnos y soltar cualquier burrada. No, mire, muchas cosas, se deben quedar en borrador, en boceto, en propuesta mejorable y, desde luego, muchas otras, no deben salir de ahí ni como prototipo. Y una buena educación sirve para saber dónde esta el límite que nos precipita a la ofensa gratuita, al mal gusto granhermanista de una sociedad obscena, trivial y manipulada. No por transgresora, sino por banal.

En mi caso, y para que los libros no me coman, y como quiero ahorrar tormentos a mis futuras canas, he comenzado a realizar podas selectivas, pequeñas donaciones e intercambios con libreros cualificados. Sí, cuando comprendí que en casa ya había ocupado el límite de lo deseable, con libros en el salón, en los pasillos, en mi despacho, y en un trastero con sus cuatro paredes, forrado del suelo al techo, me dije que había que hacer algo. Claro que hay estrategias para que los libros circulen y vuelvan a un mercado secundario. Y si nadie los quiere pues hay bares de borrachos, hoteles de solitarios y parejas que no se soportan, y espacios de "book crossers" donde se pueden dejar los libros, huérfanos de dueño, para que tengan una segunda oportunidad, en esos encuentros furtivos que he poetizado en De los años próximos.

Como quiera que sigo comprando libros y catálogos y me siguen llegando, de un modo u otro, hace ya un tiempo que he iniciado una política de lo que yo, en mi caso, llamo "quitas", buscando la esencialidad de los temas, buscando la concentración sobre mis intereses más cercanos. En el caso de autores concretos, hago juicio sumario, y le informo al autor que tiene que ser desahuciado. Hay luego asuntos que ya no me interesan, o que sirvieron para documentar un libro ya publicado, y por tanto las fuentes están ahí. Los que bajo al trastero, en general, han perdido una medalla. Es una degradación. Es un primer paso para la salida definitiva. Un día, cada seis meses, más o menos, me armo de valor, bajo con dos o tres maletas con ruedas, y actúo, con energía, un poco sin miramientos, como suelen hacer los jueces, o los que han sido jueces. Este poeta fuera, este ensayista fuera, este catálogo fuera. 

Al no ser muy ordenado, y como tengo mucho barullo, también me encuentro sorpresas, -sucede mucho-, y re-descubrimientos. Abro un página y me pongo a leer. De modo que en esos juicios, muchos autores vuelven a ser vindicados, y les restablezco los honores y suben a casa..., de las profundidades del trastero A veces, también, los había olvidado por completo, y no sabía ni dónde estaban. En estas idas y venidas también me ocurren cosas muy raras. Un libro al que le tenía mucha manía, y que apenas leí, por prejuicios contra el autor, que conocía, lo abro ahora y veo que decía cosas importantes. Me arrepiento de no haberlo tratado bien en su día, por puro snobismo, o por impaciencia. Siempre le puedo dedicar un poema, ex-post, o mencionar en una entrada en este blog, que es lo bueno de la literatura, que siempre se puede hacer justicia..., así que pasen cinco o c¡ncuenta años.

También, como he vivido en varios países, y de las mudanzas uno nunca se recupera del todo, me sucede que sé que tengo libros, pero que están por ahí, descolocados. O que los he comprado dos veces, o en dos idiomas. Y por fin se juntan ahora durante unos de esos juicios sumarios, purgativos. Pues tras la pensa de trastero viene la de expulsión, la de desahucio. Hace unos meses buscaba para mi hija una edición de Cien años de Soledad, para su lectura colegial de bachillerato. No encontré la edición "normal" que sabía que tenía, y que debía estar en su sitio, junto a literatura latinoamericana. Bajé al trastero, y encontré la primera editada en España, cubierta de Vicente Rojo, del 69, no la argentina, pero una buena pieza. La había comprado en Quito, en una librería de viejo, en un pequeño lote que se había "traspapelado" y perdido en el trastero, con su envoltorio. Venía con Versión Celeste, de Larrea, que tengo por partida doble, y una antología de poemas de Santos Chocano.

En fin, me he extendido, pero sí, es nuestra obligación mantener algo de orden  y evitar estos espectáculos futuros... Pero el final de esta historia es triste. Mi vecino, qué decir; lo diré en breve. Sin su biblioteca, expulso de su reino, y ya en el hogar de ancianos de pago a que tenía derecho por su pensión y por los cuatro duros que le había dejado el hijo arruinado, duró menos de seis meses. Y su mujer le siguió en un mes después. Un día, en el portal, encontré una notita que anunciaba un funeral conjunto para los dos, en la parroquia del barrio. No fui, claro. No era caso. Pero de nuevo pensé en los crisoles, en la oferta que no hice, por respeto, y en aquellos catálogos que no pudo llevarse al asilo, y que le daban la vida...