LOS COMENTARIOS

To the Happy Few: espero que estos comentarios y las otras ideas o divagaciones que siguen en la bitácora presente puedan ser de alguna utilidad a quien quiere seguir o ya está en este oficio o carrera de las letras, ya porque sea muy joven y no tenga a quién acudir, o ya porque no siendo joven de cuerpo sí lo sea de espíritu, y desee o considere que es adecuado, con toda llaneza, combatir de este modo que ofrezco el aburrimiento...

Las reglas de uso que propongo al usuario son simples: que tus comentarios busquen la contundencia de la piedra lanzada y suspendida en el aire, buscando allí afinar la idea.

Deseo también que estos pequeños dardos de este diario personal que aquí inicio sirvan como disparadero de ideas para otros proyectos ajenos destinados a otros espacios.

Por último, los diálogos que se produzcan los consideraré estrictamente privados. Y no es preciso poner punto final a los mismos, pues incluso los ya transitados pueden recrudecerse pasado un tiempo.

viernes, 10 de abril de 2020

(Diario de la peste (11, 10 de abril, El género del Covid-19)

El género del Covid-19
Son tiempos borrascosos, las Cumbres de Emily Brontë, pero en el llano, en el campo de batalla y eso nos iguala a todos. “Los días se nos pasan como en un suspiro”, me dice el editor Juan González, que metido a fondo con los Episodios Nacionales, de don Benito Pérez Galdós, denostado por los cursis. Así es la guerra, que se vive con un sentido de urgencia, todos movilizados; ya veremos cómo termina. El final no está escrito. Y espero que no nos dé para otros Episodios Nacionales. Desde Banyalbufar, idílico confinamiento con vistas al mar, en Mallorca, me escribe el dibujante Pere Joan. Me dice algo que todos vamos percibiendo, que este es el auténtico comienzo del siglo XXI, sí, el XXI. Un siglo que desde luego no nos llega con el escenario apocalíptico de los señores de la guerra que se gasta la brutal ciencia ficción de Mel Gibson en Mad Max sino que, dice Pere, “el cambio de guión de nuestras vidas nos llega de manera silenciosa”, tal y como irrumpe en la serie danesa The Rain, de 2018, crónica clarividente de un virus que llega con la lluvia, como la que hoy cae en Madrid y que ha metido a Lissie en casa; una lluvia que mata al que moja y no se confina, tal y como sucede ahora. Otra película estupenda es Contagio, de Steven Soderbergh, y que novela las andanzas del virus Nipah, aparecido hace 20 años en Asia y África, y que se hospeda también en murciélagos, de donde pasa a las granjas de cerdos y a los humanos. 
Nos vamos “comiendo” los siglos a pasos agigantados. Está admitido por los hechos que hacen descender las ideas a tierra que el siglo XIX, nacido en 1803 con el comienzo de las guerras napoleónicas, habría terminado en 1914, con el inicio de la Primera Guerra Mundial, y el fin de la vieja Europa, premonitoriamente hundida con el Titanic, dos años antes. El siglo XX, en cambio, sería un siglo corto, supuestamente acabado en 1989, con la Caída del Muro de Berlín y el comienzo de la Galaxia Rural que todo lo ha globalizado, incluyendo la enfermedad. Ahí, en ese 89 habría comenzado este siglo XXI que ahora termina. Se trata de siglo aún más corto, pues este sólo habría tenido 31 años. Así que lo que tenemos ya encima, como la lluvia vírica, ¡es el siglo XXII!, como lo oyen.
Pero cuanto más corto es el siglo más violento y tumultuoso se vuelve. Es cierto que el conteo del tiempo es una convención. El 20 de diciembre de 2012 finalizó la Cuenta Larga del 13.º Baktún de acuerdo con el Calendario Maya. No parece que este nuevo ciclo de 5.200 años haya nacido bien. Algunos pronosticaron una hecatombe para la nueva era. ¿Recordamos la película 2012, de Roland Emmerich? La única ventaja de acortar los siglos es que vamos a llegar al Futuro antes de lo esperado. En nuestra propia generación. Pero la prisa nunca ha sido buena consejera. Se está viendo.
Volvamos al confinamiento en Mallorca. Allí estuvo cautivo el ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos, siete años, primero en la Cartoixa de Valldemossa, y luego en el Castillo de Bellver, condenado por otra corona, la de Carlos IV. En el Monasterio de la Cartuja, que visité durante mi periodo isleño, también estuvieron, voluntariamente confinados, que no es lo mismo, George Sand, Chopin, Rubén Darío, Santiago Rusiñol, Eugeni d’Ors y Azorín, entre otros artistas que, por lo que se ve, pertenecen a un sector que no es muy prioritario en España. Primero curémonos, luego ya vendrán las artes y las letras a sanar las heridas del alma. 
¿Malentendido, despiste? Confiemos en una inmediata y enérgica rectificación por parte del Ministerio de Cultura. Para defender esto que apunto, no me gusta hablar del Reino de la Cifra, que si la cultura es la 4º industria, que si mueve el 3,2% PIB, que si trabajan 701.000 de esos cuerpos que hay que curar antes que ilustrar. No, Somos Nuestra Cultura. Es lo que queda. Lo intangible. Lo demás son los millones que nadie se puede llevar a la tumba, como se está viendo. A pesar de que mueren más pobres que ricos. Y en Nueva York más negros, hispanos y nativos americanos que blancos, porque los pobres siempre están peor, y son más vulnerables y sus casas son más pequeñas y no pueden practicar nunca el distanciamiento social, a no ser que se caigan por el balcón encima de un balconazi, como llaman ahora a los delatores.
No sucede así en Francia, donde el virus se expande por igual gracias a la costumbre de los tres besos reglamentarios de saludo, a diferencia de los nipones, que se hacen una reverencia, y así se contagian menos. Así que ya sabemos lo que tenemos que hacer de ahora en adelante, inclinar la cerviz como si tuviéramos delante al mismísimo rey emérito, a ver si con la reverencia se apiada y nos da argo (sic) de lo que se llevó.
Vuelvo a mi querida Mallorca, donde desde luego se lleva mejor un confinamiento. En una isla, mirando el mar tienes la sensación de que te puedes embarcar, y partir hacia otra isla, y así, de isla en isla, como buen isleño, puedes seguir recorriendo mundo, como los griegos, como todos los mediterráneos. Los de tierra adentro sólo podemos soñar con que alguien venga hasta Cuelgamuros -ya sin la momia de Franco- para rescatarnos de esta pesadilla, como le sucedió al historiador Nicolás Sánchez-Albornoz, cuando le ayudaron a fugarse del Valle de los Caídos, en construcción, en 1948.
De una isla también te puedes ir incluso a las bravas, nadando, como Edmond Dantès, futuro Conde de Montecristo, cuando se escapó de la isla penal de If, según nos cuenta Alejandro Dumas. Pero en la gran ciudad, ¿quién nos libra del alienígena Covid-19, que lleva nombre de robot de la Guerra de las Galaxias, y parece que para algunos tiene género femenino? Esto último no se entiende, como tantas cosas, salvo que sea un “acto fallido” vinculado a la China patriarcal donde nació. ¿No decía la RAE que el masculino es neutro, y que no está marcado por el género? Pues entonces, digamos el Covid-19, nunca la Covid-19.
España es un país invertebrado, la vieja tesis de Ortega, con escasos símbolos y mitos compartidos por todos. Antes, durante siglos, Hacer las Américas. Hoy, la Liga de Fútbol. Y poco más que no sea el negocio. Cada uno tira para su lado. Así leemos en la prensa que algunos pueblos ponen barreras de hormigón para que no entren los de fuera, los otros. ¿Qué hace el Delegado del Gobierno Civil para no ordenar de inmediato que retiren esas nuevas fronteras? Tómenos nota para no visitar nunca más esos lugares. Algunos alcaldes incitan a la delación del foráneo, o de aquel que se salta la cuarentena, y sale a darse una vuelta clandestina. El nazismo, el fascismo, el estalinismo y el franquismo fueron posibles, entre otras cosas, gracias a celosos balconazis, colaboracionistas timoratos, esos mismos que cuando las manifestaciones de finales de los 70 nos miraban desde el mismo balcón donde hoy siguen apostados, mientras les gritábamos, "no nos mires, únete".
A Anna Frank la delató un vecino, no se olvide. Y lo hemos visto en tres películas recientes sobre la Guerra Civil,  “La Trinchera Infinita”, de Jon Garaño, Aitor Arregi, José Mari Goenaga, “Intemperie” de Benito Zambrano, y “Mientras dure la guerra” de Alejandro Amenábar. Al margen del argumento, todas tienen en común el ambiente sórdido de la delación, del chivateo del vecino. Así que en este país dividido, ayer, en las Cortes, donde se aprobó la segunda prórroga del Estado de Alerta, la derecha ultramontana pedía ¡ya! la dimisión del gobierno. Igual lo que hay que pedir es la dimisión de esta oposición cainita y bulofáctica que tendría que mirar a Portugal, ejemplo de unidad contra la catástrofe. ¿Y Lissie? Traté de sacarla, hizo sus necesidades y se dio la vuelta. Odia la lluvia como si fuera un virus. Así que aquí está, a mi vera, roncando a pierna suelta. Como un alma bendita que no necesita ser curada por la cultura.

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