El otro Camino de Santiago: peregrinar para no pasar hambre
En la antigüedad, para los pobres, ir a Santiago suponía una verdadera liberación, Y no me refiero sólo a la espiritual, pues se nos hace difícil que imaginemos el impacto social y festivo que tuvo la peregrinación a Compostela. Hoy, el Camino de Santiago es una de las pocas peregrinaciones del mundo antiguo que conserva un poder carismático, en el sentido weberiano, de atracción y conversión personal, puesto que no está reglado ni obligado por un precepto estrictamente religioso. Va quien quiere ir. La decisión es personal.
El camino se puede contar de muchas maneras, así, desde el punto de vista de las leyendas y tradiciones pías que lo conforman. Y en este sentido, el camino es una auténtica máquina trituradora y sincretizadora de mitos y ritos, paganos y cristianos, algunos muy antiguos y otros muy contemporáneos, puesto que sigue estando vivo, renovándose cada año con la concurrencia de miles de peregrinos y caminantes de todo el mundo.
Así, el Camino, se reconfigura en tiempos modernos como un hecho cultural total asociado, de manera no excluyente, con una experiencia de corte espiritual, turística, vinculada a actividades artísticas, juvenil, de aventura pero, sin perder nunca su carácter histórico de nexo con un patrimonio cultural tangible e intangible, hecho cultural total reconocido por la Unesco y el Consejo de Europa.
El camino también puede ser contado desde las páginas de la gran historia, mencionando a los numerosos reyes y prelados que lo crearon y sancionaron, a los santos que lo ornaron con sus milagros, a las órdenes religiosas que lo favorecieron, o a los nobles y príncipes que lo realizaron y que invocaron a Santiago, el Hijo del Trueno, a la hora de participar en empresas guerreras y conquistas recogidas en épicas crónicas, y mágicas sagas por las que desfilan Prisciliano, Merlín, Roldán y hasta Nicolás Flamel y la Vía Láctea de don Luis Buñuel, y me quedo muy corto.
Pero para los siervos del común, que viajaban, y se casaban o se establecían, en lugares distintos de los suyos, gracias al Camino de Santiago, peregrinar tenía casi el mismo sentido y aliciente que hoy tiene para un estudiante ir de Erasmus, salvo que cambiamos el motivo principal del religioso al formativo, en la antigüedad, íntimamente relacionados. Pero el resto de la aventura sigue casi siendo lo mismo, con todas las salvedades que se quiera. Peregrinar a Santiago, y postularse como peregrino suponía para los desheredados de la tierra una suerte de emancipación, una excusa y una razón social admitida para mendigar, para ser atendido en hospitales, y para compatibilizar una vida de temporero, o de trabajador en precario con el peregrinaje convertido en digno oficio. A estos peregrinos pobres se les llamaba gallofos, siendo gallofa la sopa de verduras que ofrecían los hospitaleros, acompañada esta de una hogaza de pan y de una ración de vino.


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