Desargentinizar Argentina
Cuando regresé de Argentina, en el año 2001, y mientras terminaba de escribir "La venganza del Gallego", libro de memorias y de viaje sobre mis cuatro años de vivencias en aquel país tan querido, algunos medios en España me pidieron artículos destinados a explicar lo inexplicable: la enésima crisis argentina. La Venganza, con tapa de León Ferrari y título sugerido por Martín Caparrós en una comida en el Florida Garden, fue publicada por Ediciones del Zorzal y recoge algunas de estas lucubraciones y recuerdos.
Yo allí analizo y comparto la tesis de Marco Denevi —gran escritor nunca reconocido suficientemente— que se detiene en el comportamiento adolescente, grupal, patotista y delusional o delirante de una gran parte de la sociedad argentina, tanto a la hora de analizar su pasado, reconvertido en una suerte de enteléquica edad de oro, como para aceptar y comprender su presente desde una óptica realista.
El nacionalismo cegador, la malformación peronista y el culto a la personalidad y a la bandera, la masiva necesidad del análisis personal y colectivo, Milei, y ahora el espectáculo bochornoso de violencia ofrecido por su selección, y el malperder mostrado por esta y sus seguidores, convencidos de que les habían robado el partido, sin duda están anclados en la perspectiva deneviana. Triste me pareció incluso ver en redes a personas que juzgo de buen criterio avalar o callar ante la diseminación de las teorías más peregrinas que explicaban la conspiración que conducía al robo, o aplaudir a una hinchada que coreaba "Piñas van piñas vienen, los muchachos se entretienen".
Desargentinizar Argentina, 2004.
Lo que dice este título no es una provocación gratuita ni pretende molestar a nadie. Es un lema que yo diría que se presenta en un triple plano y que, por mi parte, ha sido uno de los esquemas de debate que he querido investigar o reflejar en distintos textos y conferencias, y que parcialmente recojo en mi libro de ensayos La venganza del gallego, recientemente publicado en Ediciones del Zorzal. Antes de nada, yo diría que estamos ante una dificultad o paradoja y ante una contradicción; lo primero nos habla de querer ser algo que no se es y lo segundo nos plantea la imposibilidad de dejar de ser lo que uno es. Yo no puedo ser bajo de estatura si mido un metro noventa y cinco, ni puedo ser rubio si soy moreno. Claro que puedo emplear estrategias para camuflarme, como teñirme el pelo o caminar encorvado, si tengo complejo de altura. Estos son algunos de los temas que me interesan tocar. Lo haré con brevedad, como corresponde a una columna.
El primer plano de este esquema procede de una crítica hacia todos los esencialismos, sean políticos, religiosos o filosóficos. Mi perspectiva es historicista. Para avanzar y definir las cosas en sus causas y en sus referentes históricos debemos evitar la manipulación ideológica de las grandes palabras y constructos teóricos que se nos presentan bajo el signo de lo inmutable, de lo eterno, como si no fueran otra cosa que precisamente formas históricas que hoy están pero que mañana pueden referirse a otra cosa. Nos hablan de la naturaleza, de Dios, del ser o de la patria argentina, como si esto tuviera una definición estricta y hubiera intérpretes que hubieran revelado para nosotros la esencia de una cosa u otra.
Aplicado a un país, este sería el riesgo del nacionalismo y, en su vertiente más vulgar, la amenaza del populismo. El abuso de “lo argentino” como adjetivo es la plasmación de este riesgo. No hay una manera argentina de hacer las cosas. En este sentido, y para tranquilizar al lector, si yo digo que ahora en España hacemos mejor ciertas cosas, es simplemente porque nos hemos desespañolizado en una buena medida. Ser eficaz, a la hora de exportar, producir, cumplir con los compromisos, es más importante que ser argentino.
El segundo plano alude a una línea de trabajo crítico que no me es propia, sino que es rigorosamente argentina, aunque, por desgracia, minoritaria en sus efectos. Pondré sólo tres simples ejemplos o referencias de entre los muchos que podríamos emplear: Marco Denevi, Jorge Luis Borges y Luis Felipe Noé. De paso digo que los tres son escritores o artistas, y, como argumento en otra parte, diré que a Argentina le iría de otro modo si tratase mejor a sus escritores y artistas, y si los leyese con ánimo de dejarse conmover, conmover hacia el cambio.
En La República de Trapalanda de Marco Denevi, de Ediciones Corregidor, se analizan a fondo muchas de las mitomanías, utopías y carencias de la sociedad argentina. Allí hay una invitación a la madurez que no ha sido atendida. El libro de Denevi debería ser de lectura obligatoria en colegios y entre la clase política y dirigente. El libro de Luis Felipe Noé, Una sociedad colonial avanzada, ahora reeditado por Asunto Impreso Ediciones, tiene la virtud de haber dado en el clavo de la débil e insolidaria armazón de una sociedad argentina que nunca se ha preocupado por el bienestar de sus ciudadanos sino por el propio y particular de cada actor individual. Es un libro profético, pues su primera edición, en Ediciones de la Flor, data de 1971, y uno lo puede leer ahora en 2004, como si nada hubiera cambiado. Es interesante contrastar el mito, sólo enunciativo, de querer ser hoy “primer mundo” con el de ser una “sociedad tecnológicamente avanzada”, que se proponía por entonces.
Mi tercer ejemplo se refiere a Borges, a la elección de lugar de su muerte y en particular a su último poema publicado, y por tanto, autorizado. Lo he discutido muchas veces entre argentinos porque creo que los argentinos no lo han entendido. El poema Los Conjurados, del libro de título homónimo, no se refiere ni está dedicado a los suizos, sino a los propios argentinos; se trata en realidad de una metáfora sobre Suiza dirigida como mensaje a la Argentina y constituye, en cierto modo, el testamento de Borges: los cantones son las provincias argentinas y el mensaje es elocuente: “Han tomado la extraña resolución de ser razonables”. Y es que no se trata de otra cosa.
Por último, el tercer plano de discusión alude a la contradicción que proponía al principio de esta nota. Uno sin duda puede y debe cambiar, y mejorar, pero no puede dejar de ser lo que es. Pero para tener estrategias de cambio, y ser efectivo, uno debe partir del reconocimiento de lo propio, que es todo lo contrario a la grandilocuencia del nacionalismo rampante. Porque este reconocimiento tiene que ver con la humildad y la sencillez, no con lo rebuscado ni lo alambicado ni con el discurso doble. Sólo desde lo sencillo, lo previsible y lo honesto podrán venir los grandes consensos políticos que necesita Argentina. Esto es lo que yo llamo desargentinizar Argentina. FIN
El tamaño de una esperanza, ABC, 2002.
Los países mueren no sólo cuando sus economías languidecen y los ciclos de recesión se suceden unos a otros, sino también cuando sus metáforas dejan de ser efectivas, y cuando la imagen que tienen de sí mismos es incapaz de proyectar, hacia adentro y hacia fuera, parafraseando al primer Borges, el tamaño de su esperanza.
Desde el punto de vista cultural, hemos vivido un siglo de plata argentino y nuestra manera de ver las cosas está en parte modificada por la visión que hemos recibido de aquel país: el trasvase de gentes e ideas en un sentido y otro ha sido la nota dominante. No sucede con ningún otro país iberoamericano. Hoy son parte de nosotros sus escritores, sus artistas, sus músicos, sus editores. No nos podemos permitir que esa capacidad enorme de creación desaparezca o se silencie. Si nuestra cultura es plural y diversa, ello se debe en gran medida al aporte argentino.
España puede y debe hacer mucho, desde el punto de vista de la cooperación internacional, institucional y privada, para que esta esperanza siga alentando la imaginación, y con ello, la vida diaria de los argentinos, y también la nuestra. En nuestro propio interés está el establecer un plan generoso de ayudas al sector cultural privado, creadores y gestores, para que ese temido silencio recobre la tradicional elocuencia argentina. No se trata de reforzar la penetración de nuestra industria cultural sino de favorecer la exportación de la Argentina, su presencia en nuestro país y en el mundo.
Argentina precisa de un regeneracionismo similar al nuestro de hace cien años. Y esa regeneración pasa por la superación de la melancolía. La melancolía argentina tiene que ver con su percepción de la distancia, geográfica, pero también con la distancia de su pasado, de lo que uno fue o pudo ser, y también con la distancia de ese futuro en el que hoy se descree. Argentina es uno de esos países que hacen equilibrios en las supercuerdas del tiempo en el sentido de que no sabe si avanza o retrocede. También, por ello mismo, ser argentino, es siempre estar a destiempo o con el ritmo cambiado, entrar y salir con un mismo paso, sin que sepamos distinguir una cosa de la otra, que es por cierto, el colmo de la galleguidad, y también, en los mejores momentos, de la delicadeza. Ayudar a dar un paso adelante, ahora, sin que se note, sin prepotencia, esa es nuestra delicada tarea: el tamaño de nuestra esperanza compartida. FIN
“El argentino, salvo excepciones, mientras ejerce de argentino, siempre fracasa (…) Por eso el argentino sólo triunfa de verdad una vez que se ha reintegrado metafóricamente o efectivamente a una de las patrias de las que procede. Pues la argentinidad exitosa no puede realizarse enteramente desde Argentina. Y por eso Argentina, para salir de su estado actual de postración, tendrá que desargentinizarse, con todo lo que eso implica: la refundación, un proyecto para todos, de medianías, sin extravagancias ni mitos.”

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