Witkiewicz o el suicidio de Europa
Witkiewicz o el suicidio de Europa.
Este ensayo fue publicado en Revista de Occidente, titulado La destrucción de Occidente, nº 402.
Hace cuarenta años, en 1973, Carlos Barral publicaba, en su Biblioteca de Rescate, Insaciabilidad, la obra cumbre de Stanislaw Ignacy Witkiewicz y con la que este culmina en 1930 su obra narrativa. Aquella traducción fue saludada como el acontecimiento literario del año, en ditirambo proclamado a los cuatro vientos por Leopoldo Azancot. Dicho acontecimiento hoy se repite. Con la diferencia de que ahora contamos con una nueva traducción, sin censuras ni supresiones en las partes más sensuales de la trama y íntegramente ofrecida desde el polaco, gracias al esfuerzo de Emilia Popłwaska, Miguel Ángel Moreno y la editorial Círculo de Escritores.Esta edición respeta, además, la división del original, en dos tomos separados. El primero, Despertar, se centra en la turbulenta iniciación a la vida del protagonista. El segundo, Locura, narra la hecatombe de una futura Europa conquistada por los bárbaros, encarnados estos en una China bolchevique, pero cruel, tecnificada y eficaz.
El suicidio de Europa.
Stanislaw Ignacy Witkiewicz fue el prototipo del escritor de aquella Europa Central de influencia austrohúngara, sacudida en su periplo vital por el derrumbe del mundo aristocrático y tradicional de cuyos escombros, a partir de 1914, iban a nacer los fundamentalismos estalinistas, nazis y fascistas. Novelista de lengua polaca nació en Varsovia en 1885, y se suicidó en 1939, con la ayuda de su mujer, en un bosque, en los alrededores de la aldea de Jeziory, en una región de marismas y ríos que hoy pertenece a Ucrania. Cuando en septiembre de 1939 los rusos y los alemanes invaden su país, Witkiewicz cree que sus teorías acerca de la destrucción de Occidente expuestas en Insaciabilidad se están cumpliendo. Así, el 18 de ese mes, nuestro autor se sacrifica con tanta ineficacia como determinación, primero cortándose las venas, luego los tendones, y, al ver que no muere, seccionándose al fin la yugular, evocando tal vez el terrible final del personaje K, en El Castillo de Kafka, o el de Walter Benjamin, en otro bosque, y en parecidas circunstancias.
Witkiewicz o Witkacy, seudónimo de aventuras literarias y con el que quería diferenciarse de su padre, el famoso arquitecto, fue un pintor y retratista notable, crítico de arte, dramaturgo, teórico de la escena y ensayista. Perteneció a familia de artistas, siendo el prototipo del aventurero experimentador finisecular con perfil intelectual. Fue amigo de los polacos Joseph Conrad (nacido Józef Konrad Korzeniowski) y de uno de los fundadores de la antropología social moderna, Bronisław Malinowski, con quien en 1914 recorrió, tras el suicidio de su prometida, Nueva Guinea y Australia, en calidad de documentalista y fotógrafo. Sus novelas y escritos están trufados por estas singulares experiencias. En Zakopane, junto a los Montes Tatra, tuvo una infancia tutelada por un padre excéntrico que le escribía en francés y que le procuró una educación exquisita y sofisticada, con numerosos viajes, y rodeada de tutores particulares y artistas, donde no faltarían ambiguos personajes como la actriz Irena Solska (1877-1958), mayor que el joven en ocho años y su iniciadora en el amor. Todo este mundo confuso y asfixiante se plasmará en Zypzio Kapen, el joven de 16 años que protagoniza nuestra Insaciabilidad.
Witkiewicz, junto con Leon Chwistek, Tytus Czyzewski, y los hermanos Pronaszko, creó el Movimiento Formista, un tipo de expresionismo antinaturalista que buscaba la autonomía de la obra pero integrando el contenido literario y plástico. Durante la Primera Guerra, como ciudadano ruso, fue reclutado en la famosa Guardia Pavlovski, y luego, tras la Revolución, nombrado Comisario Político por sus propios soldados, devastadora vivencia que lo dejó completamente marcado. Durante su vida recorrió numerosos países y probó todo tipo de drogas, en línea con Aldous Huxley o Thomas de Quincey, prácticas recogidas en Narcóticos (1928) o Nicotina, Alcohol, Peyote, Morfina y Éter (1932). Su vida fue legendaria; y tantas “barbaridades” se decían de él que sus clientes acudían asustados a su estudio de pintura y de fotografía, temerosos de que les saltase encima. Witkiewicz se burlaba de los propagadores de los mitos que rodeaban su extravagante vida sin negar ni afirmar su veracidad: “dicen también que he sido violado por cierto conde bajo la influencia de la cocaína, que he vivido a costa de una rica judía en Ceilán, que drogué una osa en los Montes Tatra”.
Además de su obra pictórica, fotográfica y teatral, en la que cultivó profusamente el autorretrato, Witkiewicz escribió cuatro novelas, las citadas Insaciabilidad, (1930), Adiós al Otoño (1927), La única salida, que dejó inacabada, y la formidable obra que es Las 622 caídas de Bungo o la mujer diabólica, publicada en España en Ediciones Destino, en el 2002, en traducción de Josep María de Sagarra, que en su momento oportuno también comentamos en estas páginas.
Orfismo y transformación.
Witkiewicz simboliza la buena y a veces secreta literatura que se escapa, por definición, de cualquier intento de mercantilización, gracias, en realidad, a la fuerza intrínseca de su mensaje, y al riesgo que el autor asumió al escribir, y que sigue destilando en cada una de las páginas. La insaciabilidad de Witkiewicz es un concepto que tiene que ver con el auto-conocimiento de uno mismo, inserto en la realidad de un mundo enloquecido y frenético que anuncia el desmembramiento de Orfeo, en el contexto de una posmodernidad enferma y maldita. Nuestro mundo dislocado de hoy parece intuido en la obra de Witkiewicz.
Desde el punto de vista de contexto literario, esta novela se sitúa en las coordenadas literarias y temporales de El hombre sin atributos de Robert Musil, ya que la demorada prosa de Witkiewicz nos ofrece una acción en la que los personajes, y el propio autor, aprovechan los ires y venires de la trama para discutir apasionadamente de filosofía, pintura, música, política o el devenir dislocado de una Europa que vive un tiempo de postrimerías. Estamos ante un texto mítico para muchos de quienes creen que la literatura tiene que ver —además— con la transformación del lector que lee un libro, y que esto consiste en una vibrante peripecia que nos cambia del todo una vez terminado el viaje de la lectura.
Hablamos, por tanto, de libros fundacionales, propios de un tiempo de novelas totalizantes, de intentos literarios que trataron en las primeras décadas del siglo XX de abarcar en su narración las experiencias vitales y filosóficas de un mundo, el del período clásico europeo que se inaugura con la Ilustración, que venía de derrumbarse o estaba a punto de hacerlo. Leer estos libros no es sólo disfrutar de buena literatura sino acceder a un tipo de noviciado, al tiempo que nos adentramos en la psicología de un periodo histórico que gracias a estos textos podemos comprender más allá de la falacia de las fechas. El tempo narrativo y la intención estética de Witkiewicz son los de Elías Canetti en Masa y poder, o los de Hermann Broch en el Maleficio, para que el lector entienda por dónde vamos.
La prosa de Witkiewicz es vibrante y divertida, salpicada de diálogos y autorreflexiones de este adolescente que se inicia a la vida, en la que el autor no duda, en cualquier momento, en intervenir, suspendiendo la trama, para ofrecernos acotaciones o reflexiones acerca de lo que estamos leyendo. De igual modo, sus personajes interrumpen su trepidante acción para discutir, como si la vida les fuera en ello, la última hipótesis de la lógica formal de algún discípulo de Russell. En todo caso, al igual que sucede en Las 622 caídas de Bungo o la mujer diabólica, publicada en 1910, Insaciabilidad es una novela de formación e iniciación, una “Bildungsroman”, que nos describe ese periodo de descubrimiento de la vida en un ambiente que podemos relacionar con el vivido por otros personajes adolescentes; pienso en el joven Törless de Musil o en el Stephen Dédalus de Joyce. Sin embargo, desde el punto de vista de la trama, la novela, en su primera parte, está emparentada con el Ulises, en cuanto que narra, en un plano secuencia de tres días, la pérdida de la inocencia del joven conde Kapen.
Como si fuera hoy mismo, Witkiewicz describe a la perfección ese proceso tortuoso del despertar a manos de una mujer madura, de ahí el título, de este “hermoso jovenzuelo” dominado por su padre, por la sociedad, por la religión, por “la forma” en definitiva, y los esfuerzos que este hará “para no convertirse en un cerdo”, pues es allí donde la literatura, literalmente nos dice el escritor, se convierte en una tabla de salvación. Dice Witkiewicz.: “En el mismo día de su despertar de la inconsciencia de la infancia, asquearse en primer lugar del arte y luego de la religión, de la ciencia y de la filosofía era quizá una suerte en los tiempos que corrían”.
Literatura y forma
Para este autor, la obra se erige en el único lugar validador de la experiencia, pero siempre teniendo en cuenta que lo narrado debe vivir por su cuenta, y que debe mandar sobre la dictadura de cualquier formalismo. Por boca de Sturfan Abnol, nos dice Witkiewicz, en la página 222 de nuestra novela: “algunos pretenden que el tema es una tontería y que todo está en el modo de abordarlo- pero en cuanto se refiere a la novela ello no compagina muy bien con la verdad. Por eso existen actualmente tantos estilistas excelentes que nada tienen que decir”.
Toda obra de Witkiewicz inaugura, además, la sensibilidad de la narrativa moderna y es una cruzada contra el realismo y el naturalismo de anteojeras o de “espejo en medio del camino” y contra el formalismo heredado del siglo XIX, un programa que en Polonia sería magistralmente culminado en la obra de Witold Gombrowicz. Witkiewicz ofrece un punto de vista excéntrico, desnortado, y en eso de nuevo anticipa el dislocamiento y el agotamiento del programa moderno e ilustrado de la realidad.
En el prólogo a Insaciabilidad, Witkiewicz declara: “Sin entrar en la cuestión de si la novela pertenece o no a la categoría de obra de arte (en mi opinión no) (…) para mí la novela es la descripción del curso de un de un determinado fragmento de la realidad, imaginada o verdadera –lo mismo da-, pero de la realidad en el sentido de que lo principal en ella es su contenido, no su forma. Evidentemente, esto no excluye la fantasía más desenfrenada en el tema y en la psicología de los personajes. Se trata únicamente de que el lector se vea obligado a creer que todo pasó o pudo haber pasado como se cuenta”.
Toda la obra de Witkiewicz tiene una preocupación esencialista y de corte metafísico que le hace plantear reflexiones constantes acerca del significado del arte y de las formas puras, en relación con el sentido de la experiencia. Witkiewicz creó un sistema filosófico propio llamado “monadismo biológico”. Este sistema, destaca su traductora, Emilia Popłwaska, fundamenta la experiencia en el concepto de existencia, en cuanto que, nos dice el propio autor, “la existencia es una e idéntica con ella misma. La existencia otorga la multiplicidad sin la cual la Existencia sería la Nada Absoluta. La multiplicidad de Existencias Singulares es la ley fundamental de la Existencia.»
Una vida decadente
En el ambiente dandy y decadente de las clases nobles de aquella Europa a punto de ser reventada por la guerra y la barbarie, Insaciabilidad nos permite asistir a grandes “conversaciones esenciales” donde la locura y los sentimientos más extremos se suceden ante nuestros ojos sin perder nunca la compostura. Los personajes se pueden insultar y, de hecho, se hacen todo tipo de “guarradas”, pero nunca dejan de saludarse con toda corrección. Nuestro joven, con su padre en el lecho de muerte, es iniciado al sexo, y al tinglado del amor y de la filosofía, mientras es acosado y manipulado por varios de los protagonistas, siendo la parte más importante de este texto la que nos describe la relación imposible, celosa y malsana que se produce entre la Duquesa Ticonderoga y Genezyp Kapen.
En el carácter premonitorio y lúcido de esta trama hay algo conmovedor y terrible en su lectura, desde nuestra perspectiva de hoy. Nosotros asistimos a este duelo de ideas y grandes egos, conociendo el final, el de los protagonistas, el de aquella Europa, y el de su autor. Sea como fuere, la muerte de Witkiewicz fue también la muerte de Polonia por muchos años y en cierto modo se puede decir que sus peores temores se confirmaron entonces. Witkiewicz describió, a modo de profecía, una sociedad vil, entontecida por el culto al cuerpo, al deporte, al consumo y a los placeres individualistas, que acabaría por sucumbir a la barbarie, incapaz de defenderse. Está por ver si la segunda parte de su profecía, descrita en la segunda parte de esta novela, se confirma en nuestro tiempo.
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